lunes, 17 de junio de 2019

LIMÓNOV SIEMPRE IMPREVISIBLE

Entrevisté a Eduard Limónov y sentí deseos de estrangularlo

A lo largo de la entrevista, Limónov no me mira a los ojos en ningún momento​.

Sabina Urraca - 11 de junio de 2019

 

Me acerco a la barra del bar y pido un chupito de tequila. El camarero observa mi temblor. "¿Estás bien? ¿Qué tienes, una entrevista de trabajo?". Sabiendo que ninguna frase puede explicar del todo a lo que me voy a enfrentar, murmuro algo así como que voy a entrevistar a un escritor, o más bien a un personaje, que además escribe, que me fascina. El camarero me mira con sorna. Primer momento de ridículo, de sentirme una idiota. "Pero no te preocupes, mujer, que si es tan de puta madre seguro que es un tío guay. No tengas miedo", me dice. ¿Un tío guay? Siento que me acerco a pasitos cortos a esa brecha que separa el personaje que amamos en la distancia de la persona que realmente es. Para relajarme, imagino sus vísceras, las tripas de Limónov, borboteando como las de cualquier otro, en la oscuridad del cuerpo.
Estoy en el local contiguo al edificio en el que, en un ático soleado, Eduard Limónov espera bebiendo vino, charlando con su editor (César Sánchez, de la editorial Fulgencio Pimentel) y la traductora (Tania Mikhelson, una niña prodigio de la traducción). Eduard Limónov, de nacimiento Eduard Savienko, hijo del proletariado ruso, adolescente gamberro, confeccionador de pantalones, poeta, novelista, político, mujeriego, sufriente por amor y causa de sufrimiento por amor, exiliado de la URSS, ocasionalmente gay entre los arbustos de Central Park, estalinista, punk, esteta, homeless, mayordomo de un millonario, personaje estrambótico de la vida cultural parisina de los 80, activista político, militar en el bando de los serbios, miembro de la resistencia contra el régimen de Putin, fundador del Partido Nacional Bolchevique, condenado a prisión y mundialmente conocido a raíz, sobre todo, de la biografía novelada que Emmanuel Carrére escribió sobre él, bebe vino y come productos riojanos a pocos metros de mí.
Sólo tengo que llamar al telefonillo, subirme al ascensor. Ha venido a España a presentar El libro de las aguas, publicado por la editorial Fulgencio Pimentel, unas memorias hermosas a más no poder, desgarradoras, intensas como sólo pueden serlo unos textos escritos en la cárcel por alguien que piensa que pasará 14 años en una celda -finalmente fueron 2-, unos relatos de aventuras que toman como hilo conductor las aguas que bañaron su cuerpo y su alma, y que hablan, sobre todo, de guerra y amor. Llamo al telefonillo.
Nadie lo ha mencionado en las diversas entrevistas y artículos que han ido saliendo estos días, pero es evidente, y al principio, sin poder evitarlo, se me encoge el corazón: Limónov, en nuestras cabezas, es indestructible, pero en la realidad, el tiempo ha pasado por su cuerpo: tiene unos 76 años frágiles, los brazos delgados -asoma de vez en cuando su limonka, el tatuaje de la granada de mano en el brazo, algo marchita- aunque la elegancia sigue intacta. Pelo y barba enteramente blancos, ojos impenetrables. Me estrecha la mano, se sienta. Y entonces, como un gas que se va expandiendo hasta intoxicar a todo un pueblo, siento cómo su mirada se nubla y lo envuelve un halo de autismo.
A lo largo de la entrevista, Limónov no me mira a los ojos en ningún momento. A lo largo de la entrevista, responde en voz queda, inaudible, a veces moviendo sólo los labios, para desesperación de la traductora y angustia mía. A lo largo de la entrevista, sonríe sólo una vez. Le pregunto algo y él responde desganado, cada vez más lleno de furia, cosas que no tienen que ver con mis preguntas. Hay dos veces en las que estoy a punto de irme. Él está a punto de irse todo el rato. De El libro de las aguas dice: "Es un éxito, uno de los mejores libros que escribí. Tenía que escribirlo y lo escribí". Silencio.
Le cuento que a veces tengo el capricho obsceno de la cárcel como retiro literario, que me escribo con dos presas de la cárcel, que las dos escriben, y que lo hacen cada vez más, casi compulsivamente. Noto en sus ojos un interés que se apaga casi inmediatamente. Parece que va a hablar. La traductora y yo mantenemos nuestras sonrisas congeladas. Limónov habla: "Escribí este libro en una cárcel de régimen especial para los enemigos de estado. La cárcel es una experiencia muy buena en muchos sentidos. No veo nada horrible en la cárcel. Es un lugar maravilloso para escribir libros: nadie te molesta, sientes mejor la profundidad de la vida estando encarcelado. Cualquier situación extrema, como por ejemplo la guerra, la cárcel o la emigración, es una prueba en la que la persona muestra todas sus cualidades, y a veces eso lleva a la gente a sacar fuera lo más interesante de sí misma. En la vida normal, en cambio, cuesta mostrar algo específico, la intensidad se pierde". 
 Vuelve a caer en un mutismo enfurruñado. Se mira incesantemente los dedos, los anillos: un trilobites negro, un grueso anillo de plata con la efigie de Mussolini. ¿Quién es ahora Limónov? ¿Qué hace? ¿Cómo es su casa? ¿Qué lee? ¿Escribe? ¿Por qué ese trilobites en el anillo? Quisiera saberlo todo, pero él corta las preguntas con un machetazo: "Mi vida ahora es horrible. Vivo como puedo. Pero mi vida ahora no importa. Me interesa más bien poco. A veces me cansa mi propia existencia, no me apetece demasiado pensar en ella. Me interesan las cosas del mundo exterior". Las palabras quedan suspendidas. Veo que se quiere ir. Le pregunto si se quiere ir. Ni siquiera me responde, sigue mirando al vacío.
Cuando comento que en este libro habla de agua, de guerra y de amor y sexo, salta ofendido: "¡Eso no es así! Yo no hablo de sexo; hablo de relaciones. De hecho, odio el sexo". Nos quedamos en suspenso. Sí, comprendo, yo también, después de leer El libro de las aguas, siento cierto agotamiento físico, un asco hacia todo ese trajín que conllevan las relaciones humanas: animales apareándose, buscando poseerse, sufriendo. Realmente, lo único que quiero decirle es: "¿Estás cansado, verdad? Yo también estoy bastante cansada". Y quedarme en silencio, como él, mirando al infinito. De pronto añade: "Nunca he forzado a nadie a amarme".
Me pregunto, y le pregunto, si él, este sabio que ha satisfecho sus ambiciones, que ha vivido tanto, ha conseguido al fin la calma, y me doy cuenta de que en realidad eso es lo único que me importa en esta entrevista: saber si el personaje está en paz, saber si ha descubierto que se puede estar bien en la nada más absoluta. Me mira enfurecido (pero al menos me mira) y, en un susurro feroz, me larga: "La entrevista como género es un intento de desenmascarar a una persona, de conseguir una supuesta verdad oculta, quitando todas las máscaras de un personaje, y eso es algo que no funciona con personas inteligentes. Freud se equivocaba pensando que se podían analizar todas las cosas, el origen de un libro. Los libros se escriben de forma azarosa, por casualidad, y los libros importantes que quedan en la historia son los libros que por casualidad ha descubierto algo. La única forma de valorar un libro es saber si ha descubierto algo importante. Un libro fracasado es un libro que no trae nada nuevo. Espero que tengas claro eso". Resulta casi amenazante.

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Los dos primeros títulos de Limónov en español publicados por ediciones del oriente y del mediterráneo

Limónov: fusiles y semen

Líder del Partido Nacional Bolchevique saltó a la fama en Occidente gracias a la novela biográfica escrita hace casi una década por Emmanuel Carrère. https://www.milenio.com/cultura/laberinto/limonov-fusiles-y-semen

er del Partido Nacional Bolchevique saltó a la fama en Occidente gracias a la novela biográfica escrita hace casi una década por Emmanuel Carrère. https://www.milenio.com/cultura/laberinto/limonov-fusiles-y-semen

Líder del Partido Nacional Bolchevique saltó a la fama en Occidente gracias a la novela biográfica escrita hace casi una década por Emmanuel Carrère.

Víctor Núñez Jaime
Madrid / 14.06.2019 21:25:21

Tiene aspecto de viejo moderno —alto, delgado, barba y pelo grises y bien cortados “a lo Trotsky”, gafas de pasta, pantalón de mezclilla, chamarra de cuero (que no deja ver la granada tatuada en un brazo)—, pero Eduard Limónov avanza por el Parque del Retiro sin llamar mucho la atención. Bajo un sol furioso, camina dispuesto a contar las batallas de su vida ante un puñado de personas y luego a encerrarse, con resignación, durante un par de horas en una de las casetas montadas a lo largo de todo el Paseo de Coches (el espacio del parque donde año tras año, desde hace 78, se lleva a cabo la Feria del Libro de Madrid), para dedicarle a sus lectores alguno de sus libros autobiográficos, incluido el más reciente editado en español, El libro de las aguas. El autor no ha llegado a España directamente de Moscú, sino de Valencia donde, a sugerencia de sus editores, se bañó en el Mediterráneo para ver si luego escribe algo sobre este cálido mar.

Limónov saltó a la fama en Occidente gracias a la novela biográfica o biografía novelada escrita hace casi una década por Emmanuel Carrère, en la que aparece como un personaje desmesurado y estrafalario, salvaje y paradójico, pendenciero y ambiguo, escurridizo y estrambótico, héroe romántico y majadero abominable, fascinante y detestable a partes iguales. Limónov, sin embargo, ha venido aquí para dejar claro que, a excepción de él, nadie puede retratarlo: “Carrère ofreció su visión de mí, una obra inspirada en mí, pero no soy yo, no me reconozco. Aunque le estoy agradecido porque lo hiciera. Tengo otros amigos que decían que iban a escribir un libro sobre mí, pero no lo hicieron. Carrère, además, es muy diferente a mí; él es un representante de la burguesía francesa, y yo no”, dijo en una carpa del Retiro, durante la presentación de El libro de las aguas.

Eduard Veniamínovich Savenko, su nombre completo, es un personaje poliédrico y complejo que ha construido su vida desde una profunda convicción rebelde, casi provocadora, con alma de creador punk. Este ensayista, novelista, agitador cultural, activista político, exiliado de la URSS, ex guerrillero (al lado de los serbios), ex vagabundo sobre el asfalto, ex mayordomo de un millonario y amante de “hombres negros, altos y de pene enorme” en Nueva York, enfant terrible en París, golpista ruso, director de un periódico de corte fascista, líder del postsoviético Partido Nacional Bolchevique es hoy, a sus 76 años de edad, un icono de la resistencia política contra el régimen de Vladimir Putin y, según los críticos, “un renovador de la literatura rusa”.

Es hijo de un militar que, desde pequeño, aspiró a seguir los pasos de su padre. Pero la miopía se lo impidió, pues usar lentes desde los ocho años ni siquiera le permitió hacer el servicio militar. Quizá por eso en su adolescencia se aficionó a la bebida, al hurto y a la lectura y después pasó por la cárcel y un hospital psiquiátrico. Cuando en 1958 decidió incursionar en la poesía, alcanzó cierto reconocimiento en círculos underground bajo el seudónimo de Ed Limónov, una palabra compuesta por “limón” y “granada o bomba de mano”. Todas sus experiencias las ha dejado en libros como Historia de un servidor, Diario de un fracasado o Soy yo, Édichka.
Limónov es detenido por autoridades rusas tras una protesta en Moscú. (AP)

Limónov fue encarcelado en abril de 2001, acusado de terrorismo, conspiración por la fuerza contra el orden constitucional y tráfico de armas (según el gobierno ruso, planeaba una revuelta militar para invadir Kazajistán). Durante los tres años de su estancia en prisión aprovechó para escribir El libro de las aguas. “Mi deseo en ese lugar era ser libre como el agua. Además, creí que me iba a pasar quince años en la cárcel y me estaba preparando para lo peor. Entonces recordé los episodios de mi vida y los recuperé”, contó hace unos días en Madrid.

En su libro, Limónov utiliza el agua (mares, ríos, lagos, estanques, piscinas, fuentes…) como hilo conductor de un relato que mezcla pasajes poéticos y crudos. “Fusiles y semen en los orificios de mis hembras amadas: he ahí el modesto resumen de mi vida”, afirma. Las playas del Pacífico, del Atlántico, de la mediterránea Ostia (Italia), donde asesinaron a Pasolini; el Volga, el Danubio, el Pacífico o el Panj, afluente del Amu Daria en la frontera entre Afganistán y Tayikistán, desfilan por las páginas de una obra con momentos de lirismo, patetismo y militarismo, en el que el protagonista es el autor: un personaje que parece ir de rey a mendigo.

En los años noventa promovió el concurso “La chica más bella de Rusia”, cuyo premio mayor era pasar una noche con él. “No soy partidario de las mujeres por la mera razón de que no soy una mujer. Es imposible que lo sea”, arguye. No importa que se le recuerde que el feminismo es igualitarismo: “Ya no se puede hablar de igualdad porque se ha desatado demasiado remordimiento. Así que imagino que esto acabará con un enfrentamiento entre ellos y ellas”. ¿Realmente tiene las ideas tan asentadas como parece? “No hay nada intencionado con mi obra y nunca he intentado provocar. Mis obras son productos temporales del temperamento y las ideas de un artista”, dijo ante un público anonadado al escuchar afirmaciones como “he estado en la guerra viendo pasar las balas muy cerca de mí y sigo vivo. Es casi tan emocionante como el sexo; me arrepiento de haber pasado 14 años con una mujer: podía haber convivido con cinco. El capitalismo y el comunismo están acabados. Marx nunca me ha caído bien”.

Encantado de conocerse a sí mismo, Limónov hizo gala de su fama de ególatra. “El mejor momento de mi vida fue en la cárcel, porque la cárcel eleva a una persona sobre sí misma. Lo único que falta es perspectiva: grandes espacios urbanos, paisajes… Si alguien tiene a algún familiar o a algún amigo entre rejas, mándale libros de fotografía o álbumes de fotos”, aconsejó. “Ahora tengo una novia. La veo los fines de semana, porque está casada con su marido. Mi primer hijo nació cuando yo tenía 63 años. Mi hija, cuando tenía 65. Recuerdo que con 22 años pensaba que no sobreviviría a los 30, que nunca procrearía, y sin embargo sigo vivo”, dijo en España el hombre que Emmanuel Carrère considera “un héroe cool”.
 
artículo completo en Milenio


Limònov: «Lo que aconsejo a todo el mundo es la rebelión»

El escritor y político ruso logró cierta popularidad gracias al libro que le dedicó el afamado autor francés Emmanuel Carrère. He aquí el retrato de un maldito

Javier Villuendas - ABC Cultural - MadridActualizado:

Eduard Limònov es una especie de Sánchez Dragó ruso amigo de la revolución violenta; en estos pagos le conocemos gracias al libro que le dedicó el afamado Emmanuel Carrère. Mujeriego y radical, fue vagabundo, mayordomo del dueño de Aston Martin, punk, poeta bohemio en París... Hasta que a sus casi 50 años le entró el gusanillo de la guerra. Y allí se fue como voluntario, estuvo en Abjasia y en Transnistria, entre otras. Persuadido por Aleksandr Dugin, de gran influencia actual en Vladimir Putin, fundó en los 90 el Partido Nacional Bolchevique, un engendro entre fascista y comunista. Y acabó encarcelado acusado de terrorismo, en donde escribió en el año 2002 «El libro del agua», estas memorias que ahora presenta en nuestro país. Un país que le ha recibido con llamativa aureola de «rockstar» y le ha llevado a los toros. Al colocar sobre la mesa el iPad y el móvil para grabarle, dice que parecen cosas nazis «por su brillo». El día anterior a esta interviú una periodista se marchó llorando tras conocerle.





«La puta y el soldado», las mujeres y la guerra, son los asuntos esenciales de su vida.

El libro fue escrito en la cárcel, es por eso. Me sentí como una persona que tenía que desaparecer durante 14 años, que era lo que me pedía el fiscal. Estaba evocando las páginas más vividas e intensas de mi vida. Y, efectivamente, eran las mujeres y la guerra.
El feminismo le calificaría de heteropatriarcado en su máxima expresión.
Soy un hombre mayor, tengo 76 años: ¿qué queréis de mí?

¿Cree que el feminismo va a cambiar políticamente el mundo?

Creo que se está aproximando una guerra entre hombres y mujeres. Las mujeres nos odian. Los hombres las fuerzan a quedarse embarazadas y a parir, y ellas están cansadas de eso. Y han renunciado. Las comprendo pero no soy una mujer sino un hombre. Creo que tarde o temprano tenía que suceder.

Rechaza ser un provocador, pero en el libro utiliza expresiones muy gratuitas para, por ejemplo con las mujeres, referirse a ellas como «zorras malolientes».

Todo eso se puede explicar con la condena que se me venía encima. Tenía 58 años cuando escribí ese libro y pensaba que iba a morir en la cárcel. Quizás sea un poco provocador pero no estaba esperando ningún resultado así que para mí tampoco lo es, era un recuerdo sincero. Puede que sea provocativo en el contexto actual pero es un recuerdo honesto.

¿Qué tal en la cárcel?

Estuve muy bien, me gustó mucho. Es un sitio en donde sientes por fin una cierta sabiduría. Nunca sufrí allí. Otros presos tachaban con furia los días en el calendario, uno tras otro. En cambio, yo decía: «Yo vivo aquí». Hay que vivir en la cárcel, no esperar a que te libren. Escribí allí siete libros.

En España hay un famoso (Coto Matamoros) que se le acababa la condena y pidió alargarla para pasar la Navidad con otros presos.

Sí, eso puede suceder.

Dice no reconocerse en el personaje de Carrère. ¿Qué le parece como escritor?

Creo que es peor escritor que yo. No es solo mi opinión, lo dice más gente. Otros libros suyos tanto anteriores como posteriores son mucho peores que el que me dedicó. Por ejemplo, he intentado leer el libro de San Pablo y, aunque leo perfectamente en francés y soy un lector muy aplicado, no pude leer más de 250 páginas. Sin embargo, le estoy muy agradecido porque me presentó al mundo burgués de Francia. Él pertenece a una capa social muy especial. Su madre es secretaria de la Academia francesa y su padre es un empresario importante. En Rusia este tipo de personas se les llama oligarcas, personas que acumulan mucha riqueza y poder. En total, se vendieron 800.000 ejemplares en Francia y nueve ediciones en Italia.


En una pancarta de su Partido Nacional Bolchevique se leía: «Rusia lo es todo. Lo demás, nada». ¿Por qué su nacionalismo es mejor que el de otros?

No es nacionalismo, es imperialismo (risas). El nacionalismo es la ideología de un pueblo, en cambio nosotros abarcamos muchos pueblos: como los yakutos, los buriatos... Es por eso que lo somos todo, somos un imperio. El Gobierno ruso tiene miedo de contar cuántos musulmantes tenemos en el país, aunque han podido contar a todos los perros errantes para ponerles fichas con un número.

¿Siente nostalgia de la Unión Soviética?

No soy una persona propensa a sentir nostalgia, ni siquiera por mi propia vida. Hay que valorar sobriamente el significado histórico de la Unión Soviética.

Su afición a la literatura del yo, su priorizar la nostalgia por su propia vida antes que por cualquier otra cosa, no le acerca al individualismo liberal.

No soy individualista, soy líder de una organización política. Nuestro lema político es: «Putin no llega, Putin es poco». Proponemos algo más agresivo que Putin, más decidido. Tenemos muchas cosas por hacer. Tenemos ciudades fuera del país en Kazajistán, por ejemplo. El presidente de Kazajistán, Nursultán Nazarbáyev, va a palmar bastante pronto y, entonces, será absolutamente impredecible. En cuanto muera Nazarbáyev, el país será dividido entre China y Rusia. Hay millones de ruso-hablantes, muchos de los alemanes deportados en los tiempos de Stalin, quedan allí sus nietos, que son ruso-hablantes. Toda esa población se inclina hacia Rusia. No es una conquista, es una reconquista (risas). Hay una población muy importante allí de los cosacos, que no son kazajos. Y tenemos que recordar la rebelión cosaca del s.XVIII de Yemelián Pugachov, un líder muy importante. Fue una rebelión popular y puede suceder algo parecido. Precisamente mi condena estuvo relacionada con un intento de invadir un territorio del este de Kazajistán. 


Usted, públicamente, decía que eso no era cierto.
Voy a ahorrar mi confesión si me permites. Hay mucha gente concernida.


Lo de «Putin es poco» es lo que piensa el ideólogo político Alexander Dugin, con quien usted fundó el Partido Nacional Bolchevique antes de perder hasta la amistad que os unía.
Sí, ya no somos amigos pero tenemos un pasado en común y un interés conjunto. Nos hemos educado con las mismas ideas, unas ideas que están muy cercanas a Alain de Benoist en Francia. En mayo estuve en París, hice una conferencia sobre Benoist. Es un pensador cercano a mí y a Dugin. Conozco sus ideas desde hace 30 años. 


La reivindicación y lucha de los chalecos amarillos le interesa.
 
Lo veo como una lucha del pueblo contra las élites.
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Eduard Limónov: "Puigdemont fue un gallina"

El legendario escritor y político ruso, convertido en memorable personaje por Emmanuelle Carrère, pasea su fascismo chulesco por Madrid


El autor publica 'El libro de las aguas', otro libro de memorias que escribió mientras era prisionero de Vladimir Putin

Elena Hevia - El Periódico - Madrid - Sábado, 08/06/2019 | Actualizada 09/06/2019 - 15:10

Fotografía de David castro - elPeriódico

Impresiona ir al encuentro de un personaje como Eduard Limónov. Da un poco de miedito, la verdad.  Se podría decir que es como mirar a los ojos y hacerle preguntas a Charles Manson o al mismísimo Belzebú; aunque Limónov, sí, él en persona, calculadamente no mira directamente a su interlocutora hasta bien avanzada la difícil conversación. La cita es en el Retiro madrileño, en la Feria del Libro, ante la estupefacción de los visitantes que no acaban de creerse que el ruso, el legendario personaje de la novela factual de Emmanuel Carrère, sea alguien de carne y hueso. Con elegante atildamiento, anillos en las manos y una perilla romántica como de Trotsky recién salido de la dacha, Limónov luce a sus 76 años igual de irreductible que hace 20, cuando Putin lo mandó a la cárcel. Allí escribió el texto que ha venido a presentar, ‘El libro de las aguas’ (Fulgencio Pimentel), nueva reescritura de su vida, en la que hay, adivinen, mucho misticismo heroico, delirios de grandeza asumidos y frases que se clavan en la mente como disparos. Resumir su vida como “fusiles y semen en los orificios de mis hembras amadas” es la más suave. 
Lo de Belzebú podría parecer una exageración. Pero si se tiene en cuenta que la bandera del partido que este escritor y político fundó al regresar a Rusia, el Partido Nacional Bolchevique (PNB), es sencillamente la enseña nazi con una hoz y un martillo en lugar de la cruz gamada y que formó parte de patrullas de francotiradores a las órdenes de Radovan Karadzic, la cosa no suena tan descabellada. En sus múltiples reencarnaciones fue chico de la calle en la Rusia postestalinista -lo que ofrece un plus de dureza berroqueña-, se codeó con Andy Warhol y con la escena punk del CBGB en Nueva York y sobrevivió allí como chapero de afroamericanos inmensos (aunque se las da de Don Juan otoñal, Limónov siempre ha gozado de lo mejor de ambos mundos), escritor de culto a lo Henry Miller, líder fascista ya en su país, tras el desmantelamiento soviético. “Regresé porque no quería envejecer tranquilamente en Francia y me parecía, como así fue, que la vida en Rusia iba a ser más interesante”. Su llegada fue la del hijo pródigo: más de cuatro millones de libros vendidos.
Decir de él es que es un nostálgico del estalinismo de puño de hierro no acaba de definirlo. Hay cosas que no cuadran: como por ejemplo que Elena Bonner, la viuda de Andréi Sajarov -¡el disidente, el premio Nobel de la Paz, la conciencia moral de Rusia!- dijera que era un tipo estupendo. “Lástima que lo hiciera demasiado tarde”, se lamenta Limónov, rabioso. Por su parte, Josif Brodski lo tildó de “bicharraco pornógrafo”, en atención a sus amores eléctricos –intentó suicidarse por algunos- y a sus opiniones explosivas. Y es que Limónov tuvo un apellido real del que nadie se acuerda. Su seudónimo procede de la palabra rusa ‘Limonka’, como el diario que fundó ahora prohibido, y que quiere decir granada de mano. 

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viernes, 7 de junio de 2019

LIMÓNOV EN ESPAÑA

Con motivo de la publicación de El libro de las aguas por la editorial Fulgencio Pimentel, Limónov ha concedido varias entrevistas a medios españoles:

Entrevista de Salvador Enguix en LaVanguardia:

Eduard Limónov : “No me reconozco en el personaje de Carrère, no soy yo”

Fotografía de Anna Enguix


Aproximarse a Eduard Limónov (Dzerzhinsk, 1943) impone cierto respeto. Porque el escritor ruso es un personaje poliédrico y complejo, que ha construido su vida desde una profunda convicción rebelde, casi provocadora, con alma de creador punk. Más que una vida, varias vidas, y todas ellas con suficientes ingredientes para hacer varias novelas, o sólo una, como la biografía que sobre él escribió Emmanuel Carrère, Limónov, con gran éxito de crítica y público.
Porque este ensayista, novelista, agitador cultural, activista político, exiliado de la URSS, exmilitar (al lado de los serbios), exvagabundo sobre el asfalto y exmayordomo en Nueva York en los setenta, tremendamente seductor, enfant terrible del París de los años ochenta e icono de la resistencia política contra el régimen de Vladimir Putin es, además de todo esto, un renovador de la literatura rusa.

Su novedad literaria en España, El libro de las aguas (Fulgencio Pimentel), escrito originalmente en el 2002, es un texto difícil de clasificar, entre el dietario y el ensayo, casi un relato de aventuras, las suyas, a lo largo de varias décadas. Un libro lleno de anécdotas, personajes, momentos, espacios y mujeres, siempre en geografías bañadas por el agua, escrito en la prisión, donde fue recluido por activista político contra Moscú. Durante la entrevista, Limónov confirma un enorme sentido del humor.
¿Conocía usted este trozo del Mediterráneo?
La verdad es que nunca, y creo que he estado cerca de todas las aguas del mundo.
¿Ahora que lo conoce, le inspiraría este lugar un capítulo para añadir a su libro?
Por supuesto, es impresionante la luz que se refleja en esta parte del Mediterráneo. Sí que he visto en los mapas que estamos por diez grados de latitud por debajo de Moscú, aunque la temperatura es muy diferente.
Leído el libro, no tengo claro cómo calificar su obra. Es un relato de sus vivencias, escogidas para ofrecer una lectura ambiciosa de su vida. Pero también parece un relato de aventuras, las suyas durante varias décadas.
El género está determinado por el agua, que es el elemento conductor. Pero piense que este es un texto que escribí desde la prisión, y mi deseo en ese lugar era ser libre como el agua. Además, creí que me iba a pasar quince años en la cárcel y me estaba preparando para lo ­peor. Entonces recordé los episodios de mi vida y los recuperé.

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Limónov: "El feminismo ha destruido el misticismo del sexo"

El escritor, político y agitador visita por primera vez España para presentar el último volumen de sus radicales memorias.

Darío Prieto - El Mundo

 
Fotografía de Alberto Di Lolli


El diccionario de la RAE dice, en la segunda acepción del término, que "provocador" es aquel "que trata de promover reacciones, actos radicales o revueltas". Pero es que, originalmente, la entrada hace referencia a esa persona "que provoca, incita, estimula o excita". Eduard Limónov (Dzerzhinsk, 1943) nos excita y nos atrae por su vida única y su forma de enfrentarse al mundo: de moderno imposible en la Unión Soviética a indigente en Nueva York, escritor 'destroy' en París, cabecilla voluntario en las guerras de los Balcanes y de independencia de Abjasia y Transnistria (siempre de parte de los 'malos', según el punto de vista occidental), líder de la oposición rusa a Putin y fundador del Partido Nacional Bolchevique, una amalgama de cabezas rapadas, góticos e inadaptados conocidos como los 'nazbol'.
Su vida, hasta entonces una anécdota al margen de la literatura, quedó popularizada por Emmanuel Carrère en 2011 en uno de los grandes éxitos de no ficción de los últimos años. El escritor francés presentó una vida que resultaba increíble cuyo relato acababa poco después de la salida de prisión, en 2003, tras dos años encarcelado tras ser acusado de un delito de terrorismo y de, supuestamente, intentar iniciar una revuelta con los 'nazbol'. En la cárcel se dedicó a escribir y esas memorias postreras del incómodo por antonomasia se publican ahora en español por la editorial Fulgencio Pimentel como 'El libro de las aguas', una serie de fragmentos-recuerdos sobre su vida que tienen en común la conexión con una masa de agua (el Mediterráneo francés, el Mar Negro abjasio, el Pacífico de Los Ángeles...) y la alternancia de explosiones sexuales y disparos de kalashnikov.
"Hace falta recordar el lugar y la condición en la que fue escrito este libro: en la cárcel de los enemigos del Estado de Lefortovo. El fiscal pedía 15 años para mí y yo pensaba que estas páginas tal vez serían mi última aportación artística. Tenía 58, 59 años, y pensaba que tal vez no sobreviviría a un periodo de cárcel tan largo. Para mí, fue como un testimonio". Limónov habla junto a otra masa de agua, en el arenal de una playa de El Saler, mientras su amigo y abogado Serguéi Beliak, residente en la zona, lo mira divertido. Es la primera vez que Limónov está en España. Al menos de manera oficial, pues durante los últimos 70 y 80 su presencia era inevitable allá donde había problemas o gente interesante.

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“Putin era un ‘playboy’, pero ha entendido el peso del Estado ruso”

El escritor Eduard Limónov, cuya fama creció gracias a la obra que le dedicó Emmanuel Carrère, relata en ‘El libro de las aguas’ sus andanzas amorosas, literarias y militares

Ferrán Bono - El País - 6 de junio de 2019

“Hagan todo lo posible para cultivar todo aquello que los distinga de los demás”. Eso dice Eduard Limónov en El libro de las aguas. Él ha hecho y ha sido casi todo. Este martes se disponía a bañarse en las aguas del Mediterráneo. No parece nada excepcional para este poeta, novelista, político, periodista, guerrillero, atracador, preso, chapero, mujeriego, fascista, estalinista, punki, dandi, indigente… Pero así cumple, a los 76 años, su vieja promesa de 1972 de tomar el baño allá donde ha podido y le ha llevado su increíble periplo vital.

Tan increíble que cuando Emmanuel Carrère publicó hace seis años su célebre novela Limónov, que propulsó la popularidad del escritor ruso, muchos lectores pensaron que se trataba de un personaje de ficción. Pero ahí está, sentado frente al mar, flaco, fibroso, tranquilo, risueño pero categórico en sus juicios, sin pudor, con una perilla canosa a lo Lenin, reposando el arroz con mero que acaba de probar recién llegado de Moscú, mientras apura una copa de vino blanco.

“Cada cosa tiene su tiempo, eso es todo. Hay uno para las tetas y los muslos de Maggie, reina de la cocaína, y otro para el fusil de asalto Kalashnikov”, apunta en un capítulo del libro editado por Fulgencio Pimentel (y traducido por Tania Mikhelson y Alfonso Martínez Galilea). Lo escribió durante su estancia de más de dos años en prisión, entre 2000 y 2003, acusado de tráfico de armas. Limónov se distancia de lo que decía entonces. “Me he hecho más viejo ahora y resulta que la vejez me ofrece otros temas para reflexionar. Siempre me ha gustado meditar tanto como a otra gente le gusta comer carne”, explica.

El libro son fragmentos de su vida a partir de los recuerdos vinculados con el agua: mares, océanos, ríos, saunas, lluvias… Las playas del Pacífico, del Atlántico, de la mediterránea Ostia, donde asesinaron a Pasolini; el Volga, el Danubio, el Pacífico o el Panj, afluente del Amu Daria que hace de frontera entre Afganistán y Tayikistán, desfilan por las páginas de un libro con momentos de lirismo, patetismo y militarismo en el que el protagonista es el autor, un personaje que parece transitar entre el rey y el mendigo.

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Eduard Limónov: "En Europa me toman como una atracción de feria, pero soy un profeta"

Escritor de éxito, fascista, comunista, opositor de Putin, vagabundo, mayordomo: todas las facetas del verdadero Eduard Limónov llegan narradas por él mismo en El libro del agua, una biografía que escribió en la cárcel

"No soy simpatizante de las mujeres por la simple razón de que no soy una de ellas. Es imposible que lo sea y ese tema me importa muy poco"

 Mónica Zas Marcos - 10 de junio de 2019 - eldiario.es

 

Alexander Kulebyakin/ZUMA Press/Newscom/lafototeca.com

Eduard Limónov (Rusia, 1943) espera al sol en una terraza del parque del Retiro. No ha desaprovechado ni un solo rayo desde que llegó a España porque las diecinueve horas de oscuridad diarias del invierno en su país se le han hecho insoportables. Quizá sea el acto reflejo de quien pensó que iba a morir en una celda, la misma que vio nacer El libro de las aguas (Fulgencio Pimentel) en 2002 y que ahora le lleva de gira para divertirse a costa de los periodistas que asisten como moscas a su encuentro.
A veces la diversión es mutua y otras se torna en un ejercicio imposible de diálogo, que el escritor y político -bilingüe- insiste en que sea en ruso con la ayuda de una intérprete. Sus raquíticos brazos lucen un moreno tostado y dejan al descubierto un tatuaje que los primeros días se esforzaba por esconder: una granada de mano, en ruso limonka, como el título del diario fascista que fundó en 1991 y que le proporcionó su seudónimo.
Al fin y al cabo, la guerra es el pilar de sus memorias junto a la mujer. Limónov se enroló en diversas contiendas de los Balcanes, siempre del lado de los serbios, a los 48 años. "Cada cosa tiene su tiempo, eso es todo. Hay uno para las tetas y los muslos de Maggie, reina de la cocaína, y otro para el fusil de asalto Kalashnikov", escribe en El libro de las aguas.
Sexo y violencia. "Fusiles y semen", en sus propias palabras. Una dualidad que se antoja arcaica para definir a un hombre cuya biografía no entiende de tabúes. Pero él tampoco la rechaza.
"No se trata de mi idea de hombre, sino de que estaba encarcelado y el fiscal había pedido para mí 14 años de régimen especial. Como tenía 59 años, pensé que ya no saldría de la celda y empecé a recordar los episodios más vívidos e interesantes de mi vida: resultaron ser aquellos relacionados con guerras y con mujeres", resume con la mirada perdida.
Ingresó en prisión después de que el Gobierno de Putin le acusase de terrorismo y de tráfico de armas. Pero ya estaba en el punto de mira desde que regresó a Rusia tras la disolución de la URSS y creó el Partido Nacional Bolchevique, que predicaba una ideología fascista y comunista -de hecho, su emblema era la hoz y el martillo sobre el fondo de la cruz gamada de los nazis- y fue prohibido en 2007 contando más de 70.000 militantes entre sus filas.
"En Europa soy como una atracción de feria. Me vienen a ver como si fuera una rareza y no se sorprenden con nada de lo que digo. Soy una diversión sin más y en el fondo no me toman en serio, pero soy un profeta", dice quien se jacta de haber presagiado las guerras balcánicas en un poema dedicado a Sarajevo. "Me da igual lo que opinen de mí aquí. Soy como aquellos profetas de la Antigüedad a los que nadie escuchaba, y tengo la obligación de decir lo que pienso".


LIMÓNOV, DE AUTOR VILIPENDIADO A AUTOR RECONOCIDO

La visita de Limónov a España para presentar El libro de las aguas está alcanzando amplia repercusión, en parte gracias a ese mediocre best-seller titulado precisamente Limónov que Carrère escribió resumiendo sin demasiada gracia los textos más autobiográficos del controvertido autor ruso.

 

Eduard Limónov: “Para mí siempre he sido alguien convencional”

Polémico y controvertido, la intensa figura del escritor ruso opaca, en ocasiones, una obra literaria prolija y de gran calidad. Un ejemplo es El libro de las aguas, volumen de memorias que publica en España Fulgencio Pimentel 







«Creo que utilicé muy bien el tiempo de mi vida. No tenía ninguna oportunidad cuando nací, pero violé mi destino». Un simple vistazo a la nutrida y ecléctica biografía de Eduard Limónov (nacido Eduard Savienko en Dzerzhinsk en 1943), que incluye una juventud de poeta vanguardista y delincuente, un exilio de indigente en Nueva York, el éxito literario en el decadente París undergroud de los 80, su participación como miliciano serbio en la Guerra de los Balcanes y su paso por la cárcel de vuelta en Moscú como disidente político y fundador del postsoviético Partido Nacional Bolchevique; por citar lo más relevante, lo corrobora.
Este currículum hace difícil reconocer al personaje, ese con el que Emmanuel Carrère construyó su más afamada novela, Limónov, Premio Renaudot 2011, en el hombre enjuto, de refinado humor y nada chulesco que comienza la charla con cierto desinterés, algo ensimismado. Ni siquiera parece inmutarse al recordar cómo nació El libro de las aguas (Fulgencio Pimentel), estas memorias que escribió entre 2000 y 2003 as su paso por la cárcel para enemigos del Estado de Lefórtovo. “El fiscal había pedido 14 años de régimen especial y yo ya estaba próximo a los 60, por lo que sospechaba que ya no iba a salir. Así que me dediqué a exprimir mis recuerdos escribiendo varios libros a la vez, entre ellos éste, que podría ser algo así como un testamento de mis vivencias”.  Pronto, la conversación se enciende y el brillo en los ojos de Limónov revela paulatinamente al punki agitador y rebelde que siempre ha estado ahí.
 Pregunta. En el prólogo dice que repasando las primeras páginas “no he podido hallar más que guerra y mujeres”, ¿cuánto de impostura hay en sus recuerdos, es todo real?
Respuesta. Nunca he necesitado inventarme lo que escribo, tengo suficiente con volcar lo que he vivido. Soy consciente de las emociones que despiertan mis libros, pero nunca he escrito para los demás, sino para mí mismo, por lo que, aunque me gusta ser reconocido y leído no quiero gustar a todo el mundo. En este caso, los de las guerras y las mujeres eran los recuerdos que acudieron más vívidos a mi mente. Nikolái Gumiliov (marido de Anna Ajmátova fusilado en 1921 y prohibido en la URSS), que era un poco como el Kipling ruso, tenía un poema sobre un conquistador español perdido en la selva, que a punto de morir se pone a recordar a las mujeres de su vida y las guerras. Un verso dice que su vida fue: “ora mantillas, ora cañones”.
P. Por encima de todo, del bohemio, del revolucionario, del político… está el escritor, ¿qué le empuja a escribir, de dónde viene el impulso de convertir su vida en material literario?
R. Mi manera de narrar es esa, actúo como un mero representante de la especie humana. Como se ha venido demostrando en los últimos años, un gran número de lectores se ha cansado de la ficción, les encantan las biografías, las vidas ilustres de personajes históricos. Pero, ¿si es una vida real, por qué no narrar la de cualquiera? En realidad, da igual si soy yo el protagonista, podría ser cualquier otro. Mi héroe es parecido al turista que se está sacando una foto con una pirámide egipcia al fondo, una persona, un hombre pequeño, con algo grande en el fondo, que es la época que me rodea, sea mi infancia de posguerra o los años 80. Para mí mi figura siempre ha sido algo convencional, no hay nada de delirios de grandeza, ni de especial en mí.
P. Entre sus más de 50 libros también hay multitud de poemarios. Ha asegurado que escribir poesía es una actividad casi medieval, una especie de excentricidad en el siglo XXI, ¿por qué sigue siendo fiel a ese vicio, qué le aporta?
R. La poesía es simplemente un deseo, una necesidad personal. Es algo que me encanta, y aunque sea consciente y mantenga que es algo anacrónico, medieval, cultivarla me aporta un genuino y puro placer estético.
P. Ya era muy famoso en Rusia y conocido en Occidente, pero su figura se hizo viral tras la novela de Carrère sobre su vida, ¿qué se siente al verse convertido en un personaje de otro? ¿Reconoce al Limónov de esa novela?
R. Soy una persona suficientemente inteligente como para protestar por algo así. Carrère generalizó y simplificó muchos aspectos de mi vida y los presentó más vulgares y sencillos. En este sentido me reconozco a veces, la mayoría no, pero es cierto que no soy el Limónov de la novela de Carrère. Sin embargo, le estoy agradecido por el libro y por todo el interés que ha provocado, le debo este favor.

Un punki en la política

El libro de las aguas, quizá el más importante de los muchos volúmenes de memorias de Limónov por las especiales circunstancias en que fue escrito, abarca varias décadas de una trayectoria vital tan rica que parece albergar muchas contradicciones. Por ejemplo, el escritor ha sido adalid del movimiento punk y del anarquismo, a la vez que luchó como militante serbio en la Guerra de los Balcanes, cruda época que relata en el libro. “Yo no veo contradicción, el punk y la guerra me parecen acciones de un mismo tipo. De hecho, cuando en el año 93 creábamos el Partido Nacional Bolchevique, decenas de miles de punks rusos se adhirieron”, recuerda.
Y es que además de escritor admirado en su país, Limónov volvió tras el fin de la URSS para liderar un partido que defendía la unión del bolchevismo y el nacionalismo. Una visión que entronca con el actual devenir de la política mundial, donde según el escritor “la lucha política ya no se divide en izquierdas y derechas, sino entre el pueblo y las élites. En el fondo mi partido siempre fue una organización extremista y lo que queda lo sigue siendo. Pero hemos perdido nuestra dotación humana, porque el movimiento punk ha muerto en Rusia”, se lamenta. “Aunque también hay nuevos miembros, hace poco entregué unos carnets del partido a gente nacida ya en el año 2000”, dice entre divertido e impresionado, pero es realista, pues sabe que “los partidos de este tipo no ganan las elecciones. Si toman el poder será por azar, durante alguna revolución ni siquiera hecha por ellos”.
P. Estamos acostumbrados a la visión de Rusia que se tiene en Europa, muchas veces distorsionada, pero ¿cómo se ve Europa Occidental desde Rusia?
R. No puedo contestar por toda Rusia, claro, pero personalmente veía Europa hace pocos años como un continente moribundo y sin futuro. Me parecía que Oswald Spengler estaba en lo cierto con su libro La decadencia de Occidente. Pero desde hace un par de años he vuelto a viajar y he visto a la gente dispuesta a resistir contra la invasión pacífica de Europa por los bárbaros. A mí eso me llena de alegría. Como dice el himno de Ucrania, en este caso aplicado a Europa, todavía no está muerta.
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Una leyenda suelta: Eduard Limónov presenta sus memorias

Javier García - latercera.com


El escritor ruso, fundador del Partido Nacional Bolchevique, ex presidiario, miliciano bisexual y protagonista de la obra más elogiada de Emmanuel Carrère, se encuentra en España y este viernes firmará ejemplares de El libro de las aguas, en la Feria de Madrid.
Mientras estaba encarcelado acusado de terrorismo y tráfico de armas, en la prisión de Lefortovo, en 2001, Eduard Limónov (76) escribió El libro de las aguas. El volumen de memorias es para la crítica su mejor obra, dentro de una producción que supera los 50 títulos.
“He tratado de pescar en el océano del tiempo las cosas verdaderamente esenciales para mí y, releídas las cuarenta primeras páginas del manuscrito, no he podido hallar más que mujeres y guerra: he ahí el modesto resumen de mi vida”, anota Limónov, en el prólogo de El libro de las aguas, quien por estos días se encuentra en España. “El agua lleva y se lleva todo; es imposible bañarse dos veces en las mismas aguas”, agrega.
El escritor ruso, polémica figura pública, delincuente juvenil, poeta vanguardista underground, disidente soviético en Moscú, miliciano serbio en la Guerra de los Balcanes, opositor a Vladímir Putin y admirador de Stalin, este viernes firmará ejemplares de El libro de las aguas, en el Parque de El Retiro, en la Feria del Libro de Madrid.

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Y Limónov anduvo sobre las aguas

El Cultural - 3 de junio de 2019

Extravagante, novelesco y escandaloso, Eduard Limónov saltó a la literatura occidental antes como personaje que como escritor. Publicamos en exclusiva unas páginas de la considerada su mejor obra, El libro de las aguas (Fulgencio Pimentel).


Delincuente juvenil, poeta vanguardista underground, recluso en un psiquiátrico, disidente soviético en Moscú, indigente en Nueva York, mayordomo de un millonario, escritor de éxito en París, miliciano serbio en la Guerra de los Balcanes, golpista ruso, detenido sin cargos, director de un periódico de corte fascista, líder del postsoviético Partido Nacional Bolchevique… Eduard Limónov (nacido Eduard Savienko en Dzerzhinsk en 1943) es uno de los personajes más extravagantes, novelescos y escandalosos que han dado las letras rusas de las últimas décadas. Considerablemente prestigioso en Rusia como escritor, pensador y político de extrema izquierda, Limónov llegó a Occidente convertido en personaje de uno de los más complejos juegos entre realidad y ficción del escritor francés Emmanuel Carrère, Limónov, Premio Renaudot 2011.

El libro de las aguas (Fulgencio Pimentel), para muchos el mejor trabajo del ruso, fue escrito mientras se hallaba encarcelado en una prisión militar, acusado de terrorismo y tráfico de armas. En una inmersión radical en su ecléctica y anómala biografía, Limónov utiliza el agua (mares, ríos, lagos, estanques, piscinas, fuentes…) como hilo conductor de un relato que mezcla pasajes poéticos con otros de viva y descarnada crudeza. “He tratado de pescar en el océano del tiempo las cosas verdaderamente esenciales para mí y, releídas las cuarenta primeras páginas del manuscrito, no he podido hallar más que mujeres y guerra: he ahí el modesto resumen de mi vida”, asegura en el prólogo.

“Cada vez que un personaje de novela escribe un libro sabemos que pasarán cosas. Sin embargo, por mucho que ame el líquido elemento, el propio Limónov no es agua potable. Apóstol del nacional-bolchevismo, logra condensar dos barbaridades en una. Es fanfarrón, amoral, megalómano, egocéntrico, falocrático. ¿Por qué disfruto tanto al leerlo? ¿Será que me vuelvo yo también un fascista estalinista?”, se pregunta el escritor Frédéric Beigbeder. “Carrère lo vio antes que nadie: Limónov ama la revolución porque es un romántico. Al igual que Céline, está equivocado políticamente, pero literariamente tiene razón”.

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Limónov: "Viene una lucha armada entre mujeres y hombres: ganarán ellas, tienen más odio"

"He estado en la guerra viendo pasar las balas muy cerca de mí, y sigo vivo. Es casi tan emocionante como el sexo" / "Me arrepiento de haber pasado 14 años con una mujer: podía haber convivido con cinco" / "El capitalismo y el comunismo están acabados" / "Marx nunca me ha caído bien". 

Lorena G. Maldonado - El Español 8 de junio de 2019

 

Hay seres humanos que no aguantan ni el registro de emociones de una cucharilla del té. Luego hay otros, como Eduard Limónov, que se encargan de retorcer la vida por el pescuezo, por él y por todos sus compañeros, hasta hacerla vomitar vanguardias, fracasos, encierros, poemas, milicias, golpes, aventuras, delirios y sexo enfermo. ¿Va en serio, Limónov, o es en sí mismo una coña artística? ¿Se ríe del mundo, Limónov, o somos nosotros los que no entendemos su chiste radical, su chiste tan severo?
Es todos los hombres, Limónov, o quizás ya no es ninguno. Ha tejido con tanto cuidado su personalidad múltiple que ha acabado convertido en un personaje, y esos -como decía Alvite- nunca merecen un reproche, sino una crítica literaria. No se puede, no se debe juzgar a un ser humano como él, no al menos desde los criterios morales de la España de 2019 -tan faltos de imaginación-, porque él frecuentó los círculos clandestinos de la Unión Soviética, porque se exilió y fue vagabundo y mayordomo y autobiógrafo en Nueva York, porque contó que le gustaban los “negros grandes del Bronx” y revolucionó París con sus novelas excesivas, porque de camino le dio tiempo a pasar por los Balcanes y a apoyar hasta las últimas consecuencias la causa serbia, porque regresó a su tierra para fundar un partido nacional bolchevique que fue prohibido. Dirigió un periódico de corte fascista; fue sastre autodidacta, residente en un psiquiátrico y espíritu libre militante. Juega al despiste. Juega, juega, juega todo el rato. Ahora le ha dado por derrocar a Putin, pero a saber cuál será su próxima guerra. Ya casi sopla ochenta y persiste lúdico, contradictorio, infatigable. 
Transgrede contra el aire mismo, Limónov, tomando un vino en esta terraza de un sexto piso con vistas a la plaza del Dos de mayo. No se siente un polemista: dice que no sabe ser de otra forma. Intenta escapar de su propia desmesura con el éxito de un hámster en una rueda. Quizá tenga razón y es la sociedad la que se ha domesticado mientras él deambula por el lado más bestia de la vida. Quizá tenga razón y la diferencia entre él y el resto de los mortales es que siempre salta.
Limónov por Jorge Barreno

Limónov, es, tal vez, la diferencia entre hacerlo y no hacerlo; el último de los hombres de una generación que ya no existe, el último resquicio de punk en los Estados de Bienestar. Una reliquia hecha carácter que no quiere ni oír hablar de Limónov, ese extraño en cursiva que aparece en la célebre obra de Carrére. No es él, dice. Nunca lo fue. Me lo dice el editor de Fulgencio Pimentel -la editorial con la que ahora presenta El libro de las aguas en España-, y me viene bien saberlo para ocultar con disimulo el libro en el fondo de mi bolso mientras nos sentamos a la mesa. No vayamos a tocarle las narices antes de tiempo. “Los españoles me recordáis a los alemanes del sur. Tenéis cierta disciplina”, me cuenta. “Estuve otra vez aquí, en los ochenta, y recuerdo que vi a unos policías con armas abiertas en una librería. Pensé: ¡Ni siquiera en la Unión Soviética…! Había muchísimos vagabundos. Fue fuerte incluso para mí”.
Lo cierto es que impone su esqueleto largo y delgado, sus cabellos canos con tupé rebelde, su móvil Nokia-ladrillo que redondea a la perfección esa idea de que viene de otro tiempo. Charlar con él es amasar material explosivo o tontear con un animal salvaje que hoy viene de buenas. “Yo sólo soy un señor mayor, un buen ciudadano. Algo por el estilo”, dice, cuando se le pregunta quién es en realidad. “El mejor momento de mi vida fue en la cárcel”. Allí habitó entre el 2000 y el 2003, acusado de tráfico de armas. “La cárcel eleva a una persona sobre sí misma. Lo único que falta es perspectiva: grandes espacios urbanos, paisajes… mira, si tienes a algún familiar o a algún amigo entre rejas, mándale libros de fotografía o álbumes de fotos”, aconseja. 
“Se está muy bien ahí, te lo digo en serio. Porque lo tienes todo en tu cabeza. En el ordenador personal de tu cabeza. La vida en la cárcel también es una vida y la actitud adecuada, sencillamente, es vivir ahí, hacer uso de tu imaginación, leer libros y crear ideas. Allí nadie te molesta, nadie te interpela. No hay mujeres, no hay alcohol”. Allí no hay vicios, subraya, sólo “virtudes”. 



viernes, 12 de agosto de 2016

Zahar Prilepin comenta el Limónov de Carrère

Emmanuel Carrère ha escrito un libro muy incisivo y, en su conjunto, atractivo. 
La parte más interesante : la propia voz de Carrère, sus observaciones personales al margen de Limónov.
De ahí que la Introducción, es decir, las primeras 30 páginas, sean las más interesantes.
A partir de ahí, pasa a exponer, casi al pie de la letra, los libros del propio Limónov (al principio con todo detalle, y luego de forma cada vez más precipitada), lo que a los lectores de Limónov resultará, evidentemente, un tanto pesado.
Carrère insiste en llamar a su libro “novela”, pese a que, por su forma, se trata de una biografía en toda regla: en él no hay nada que recuerde a una novela.
 No es difícil comprender por qué lo hace Carrère, pues, al componer su libro no hace ninguna distinción entre el protagonista lírico de los libros de ficción del escritor Limónov y el hombre concreto llamado Edward Savenko.
Sin cuestionarse nada, Carrère rellena su relato con episodios de las novelas de Limónov, haciéndolos pasar, de una u otra manera, por acontecimientos reales. 
Para no cargar con la responsabilidad, es preciso llamar al libro “novela” y asunto resuelto. […]
Carrère habría podido entrevistar a los amigos franceses de Limónov y describir, al menos, su época parisina comparando la prosa de ficción con la realidad.
¡En París, decenas, por no decir cientos, de personas recuerdan perfecyamente a Limónov y a Natalia Medvedeva, su compañera de entonces!
 ¿Por qué haber dejado pasar tal oportunidad de trabajar mínimamente con las fuentes originales?
 No obstante, la principal objeción no es esa.
 Carrère ha optado por la facilidad, exponiendo a su manera los temas más llamativos de los libros verdaderamente sugerentes de Limónov.
 Hay que admitir que el ensordecedor éxito de su libro está relacionado, precisamente, con el hecho de haber escrito un libro ligero e incluso, no me asusta la expresión, sin rigor.
 Hay algo más que me desconsuela: la superficialidad de muchas de las representaciones de Carrère sobre Rusia. 
El pobre Carrère especifica trescientas veces en su libro, especialmente para su lector europeo, que Limónov es un “vil fascista”, y después de eso, otras trescientas veces, con la más absoluta sinceridad, trata de explicar que a pesar de su “vil fascismo”, Limónov es un buen hombre:  compasivo, honesto y valiente. 
Otro ejemplo extraído del libro:

Carrère cuenta que enseñó una fotografía (de un grupo de Natsbols con Limónov en Asia Central) a uno de sus amigos. Precisemos que se trataba de ese período heróico, a mediados de la década de 1990, en que Limónov con un grupo de sus camaradas se había instalado en las aldeas cosacas, un poco como Razine y Pougatchev [jefes cosacos que durante los siglos XVII y XVIII se habían puesto al frente de las insurrecciones campesinas]. Una aventura apasionante que les supuso serios problemas con los servicios especiales. Al contemplar la fotografía de los Natsbol desnudos hasta la cintura, en pleno verano, el amigo de Carrère exclama: “¡Una banda de maricones, que se han largado lejos de Moscú para darse por culo y que nadie les vea!”
Al relatar este episodio en su libro, Carrère no se muestra demasiado de acuerdo con su amigo, pero añade: “Y, sin embargo, ¿quién sabe?” 
Emmanuel, pouah ! 
Usted ha pasado bastantes días con los representantes de un partido del que trescientos miembros han pasado por la cárcel, seis al menos han muerto en circunstancias trágicas, un millar ha sido arrestado alguna vez y cientos han sufrido tortura o palizas y usted escribe semejante bajeza.
Su amigo es o un bromista sin gracia o un imbécil, entonces, ¿por qué citarle?
La sorpresa más dolorosa  me esperaba al final de la obra, cuando Carrère explica con aplomo que Putin y Limónov son prácticamente lo mismo.
La base para tal conclusión es sorprendentemente simple: Putin había afirmado que solo un cabrón podía no lamentar el hundimiento de la URSS. ¡Y Limónov lamenta la muerte de la URSS! ¿Lo ve usted? ¡Todo encaja! 
¡Ah, sí! Putin, como Limónov, posó una vez en una fotografía en porreta y con un cuchillo. Para un europeo sensato, que condena toda clase de violencia (eso es al menos lo que a él le gusta pensar de sí mismo), se trata de un espectáculo detestable.
¡Eso es todo!
¿Comprenden ustedes?
Para el más inteligente, más sutil y más informado de los europeos preocupados por Rusia, cualquier opinión nuestra sobre el tema del hundimiento del país es un diagnóstico unívoco. Es más, un diagnóstico aterrador, definitivo.
El hecho de que Putin, que tanto se parece a Limónov, posea, según diversas fuentes, un patrimonio de cuarenta mil  millones de dólares, y Limónov nada de nada, no es más que un detalle sin importancia
Que Putin, a comienzos de la década de 1990 haya abandonado los servicios secretos, traicionando su juramento, para  conchabarse con el alcalde de San Petersburgo, Sobtchak, mientras Limónov, por el contrario, tratara porfiadamente de impedir el hundimiento del país durante el sangriento “Golpe de Estado” de Yeltsin de octubre de 1993, participando en cientos de mítines o en Transnitria, no es más que un simple detalle.
Que, en definitiva, Limónov sea un hombre de cultura humanista y un gran escritor, mientras que Putin, en muchos sentidos, sea su polo opuesto, tampoco importa. 
Lo esencial es que ambos añoran la URSS
…Sin embargo, pensándolo bien, ¿qué es lo que podía esperar de Carrère?
 ¿Acaso ha sido él quien ha decretado que el hundimiento de la URSS era una gran bendición, que la historia soviética fue una marea de crueldades y de porquerías sin fin, que el intento de plantearse los acontecimientos de Yugoslavia de forma diferente a la comunidad occidental era un primer paso hacia el fascismo y que Putin era un teniente diplomado en la KGB, el restaurador del Imperio y un peligroso militarista entronado?
Me pregunto si ha sido él.
Pero entre nosotros, todos nuestros maravillosos tribunos liberales (los nuestros, los hermanos, los que enseñan al pueblo desde hace lustros la actitud correcta con respecto a nosotros mismos y al país) piensan lo mismo.
                                                              ZAJAR PRILEPIN

[traducido a partir de la versión francesa publicada en http://www.tout-sur-limonov.fr/222318798]

domingo, 1 de mayo de 2016

UN LIMÓNOV ULTRANACIONALISTA, PRÓXIMO A LA EXTREMA DERECHA EUROPEA

Transcribimos la entrevista en Público de Ángel Ferrero a Edward Limónov, en la que el escritor ruso ahonda sus posiciones ultranacionalistas y se opone a la entrada de refugiados en Europa.

Limónov: "Europa no puede acoger a millones de inmigrantes; no es racismo, son extranjeros"

Limónov es sinónimo de polémica: escritor reconocido e incendiario, político odiado y admirado, 'nazbol' (nacional bolchevique) anti-Putin y, sobre todo, un referente en la joven Rusia conocido también mundialmente por su biografía escrita por Enmanuel Carrère. Aunque ésta es sólo la punta del iceberg de una personalidad apabullante que se dibuja en la entrevista exclusiva que dio a 'Público' en Moscú.


Eduard Limónov, escritor, líder del Partido Nacional Bolchevique y fundador de La Otra Rusia, en la oposición a Putin.


ÁNGEL FERRERO
MOSCÚ.- Sobre la repisa de la ventana descansa una limonka, como los soldados llamaban a la granada de mano soviética F1. Desactivada. De esa granada tomó su pseudónimo Eduard Savenko, más conocido como Eduard Limónov (Dzherzhinsk, 1943)

Limónov tiene enmarcadas en la pared varias fotografías de su visita a Bosnia durante la guerra, uno de los episodios más controvertidos de su vida que la novela biográfica de Emmanuel Carrère ha vuelto a dar a conocer. El escritor ruso, que a mediados de marzo hubo de ser hospitalizado por un grave problema de salud que no reveló pero que a punto estuvo de llevarle “al otro mundo”, según sus propias palabras, considera que ha dejado definitivamente atrás su faceta literaria y durante la entrevista, prefirió centrarse en cuestiones políticas. Limónov es sinónimo de polémica y esta vez no fue una excepción. Al fin y al cabo, tomó el nombre de una granada.
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Puede estar tranquilo, que no le preguntaré una vez más por el vídeo de Sarajevo con Karadzic…
...Karadzic no es para nada como lo presentan en Occidente; como alguien que no se sabía manejar con sus generales. Estudió en EEUU, era un intelectual, psiquiatra, poeta...
¿Cómo debería presentarle? Se le ha llamado neobolchevique, nacionalista ruso, fascista, provocador...
Mi partido se llamaba nacional-bolchevique. De ahí viene el término nazbol. Tenía elementos de izquierda y derecha. Y de ahí el nombre.
"Karadzic no es para nada como lo presentan en Occidente"
Su nombre ha vuelto sobre todo por la biografía de Carrère. ¿Se ve reflejado?
Es una interpretación de lo que fue mi vida, a partir de mis libros. Está lejos de lo que fue la realidad.
Se le consideró uno de los disidentes soviéticos más conocidos...
Mi vida fue suficientemente complicada. No me veo cómodo en ese patrón. Nacionalista, de izquierdas, de derechas, ya me he referido a eso. No fui un disidente en toda mi vida. ¿Qué disidencia? Yo siempre estuve a favor de la política claramente agresiva de la URSS, por ejemplo.
Ahora se habla de Mijaíl Jodorkovski o Zhanna Nemtsova como disidentes.
Nada que ver.
"Yo siempre estuve a favor de la política claramente agresiva de la URSS"
¿Cómo ve la literatura rusa actual? Escritores como Zajar Prilepin o Vladímir Sorokin...
No me intereso por la literatura. Prilepin es miembro de nuestro partido, La Otra Rusia.
En un artículo en 'Izvestia' ha descrito a Europa como un “anciano”.
Creo que es una idea exacta. Viví en Francia 14 años, 20 años en el extranjero, seis en Estados Unidos y 14 en Francia. Europa se compone de países viejos, más viejos que Rusia. Rusia es vieja, pero no tanto.

¿Cree que Europa puede salir de esa situación?
Veamos. Estamos sentados en primera fila. Pienso que lo que sucede ahora en Europa es un terrible error, un crimen: Europa no puede acoger a millones de inmigrantes. Son millones de extranjeros, con otras tradiciones, creencias... Esto no es racismo; son extranjeros. Dios puso a cada uno en su sitio, en su país, en su continente, no para que fueran paseándose de aquí para allá sin descanso.
En otro artículo ha calificado a Estado Islámico como una muestra de “nihilismo positivo” y a Europa de “nihilismo negativo”.
Sí, es nihilismo por supuesto. Aunque dije “nihilismo agresivo”, no “positivo”. Escribía para Izvestia, pero al cambiar a una dirección más pro-gobierno yo y una serie de autores pasamos a ser no deseados. Ahora escribo ocho artículos al mes para dos medios digitales: Svobodnaya Pressa (Prensa Libre) y Russkaya Planeta (Planeta Ruso)
"Estado Islámico se hace llamar 'califato'; es un Estado, no un grupo terrorista, y en Rusia y Occidente mezclan ambas cosas"
¿Le importa si vuelvo a la pregunta anterior?
Estado Islámico se hace llamar “califato”. No es fácil de describir. Es un Estado, no un grupo terrorista. En Rusia y Occidente mezclan ambas cosas. Se trata de una lectura apocalíptica y sectaria del islam. Parten de viejas revelaciones de Mahoma. No son una broma. Tienen a su propio califa, Al-Baghdadi, que se proclama descendiente de la tribu de Mahoma, los quraysh. Según su interpretación, el califa auténtico ha de ser un quraysh. Con él llega el fin del mundo, el apocalipsis, la batalla contra Roma, como llaman a a la civilización europea, en territorio de Siria, donde se proclamará el califato.
Usted fue uno de los defensores del llamado eurasianismo tras el desplome de la URSS. ¿Cómo ve esta idea hoy?
El eurasianismo fue una idea de emigrantes rusos que vivían en Praga en los treinta. Todo eso son viejas ideas que ahora pertenecen a los archivos. Pensaban que Rusia debía continuar el dominio de Gengis Khan. Pero cometieron un error: se orientaron al libro de La historia secreta de los mongoles, pero ese libro era en realidad una falsificación. Y esa idea se fue, se marchó, ya no inspira a nadie; es archivo, es libros, cosas de ancianos... Ahora está la idea del mundo ruso (russky mir) de la que hablo. Se trata de unir a todos los rusos bajo un mismo Gobierno. Cuando en el año 1991 Rusia vivió una revolución burguesa, 27 millones de rusos se quedaron fuera de las fronteras de Rusia. Sólo en Ucrania fueron doce millones. En Kazajistán, seis millones. Ante eso, ¿qué tarea tiene Rusia? Ya se lo he dicho: el eurasianismo es una estimable vieja teoría. Una utopía.
"Putin no estaba contento con Crimea; él era feliz con los Juegos Olímpicos de Sochi, la niña de sus ojos. Miles de millones de dólares invertidos en aquellas construcciones"
¿Sustituye el mundo ruso al eurasianismo?
Es algo más que eso. No niega nuestro carácter asiático. Está ahí, en cada uno de nosotros. No es una renuncia. Primero están nuestros hermanos en las repúblicas de Ucrania y Bielorrusia. La tarea es más fácil: unir a Rusia, Ucrania y el norte de Kazajistán. Según una estadística oficial, cuatro millones de rusos viven en Kazajistán. En realidad, son más, estoy convencido, porque ahora no sale a cuenta inscribirse como tal en el censo.
¿Cómo ve la situación en Ucrania?
Ucrania es un país que Occidente no quiere entender. Que en Donbás viven rusos, rusoparlantes, era obvio por sí mismo: un lenguaje, en concreto el ruso, era el hablado por el 94% de la población. Hay rusos que viven en Ucrania, en Donbás, y luego está el Donbás ruso. No hay ninguna diferencia con los rusos que viven al otro lado de la frontera. En la ciudad de Shajty, en el óblast de Rostov del Don, vive la misma gente que vive en Donetsk, hablan la misma lengua, con el mismo dialecto del sur de Rusia. La insurrección en Donbás no la organizó Putin, al contrario. Fue espontánea. Él no estaba contento con eso, no estaba contento con Crimea. Él era feliz con los Juegos Olímpicos de Sochi, la niña de sus ojos. Miles de millones de dólares invertidos en aquellas construcciones. Y por el contrario, resultó que lo importante era el problema de Crimea, el referendo. Allí, 2,5 millones de habitantes son rusos. Los tártaros de Crimea son unos 200.000. Su porcentaje, en comparación, es poco.

¿Cómo ve el futuro de las repúblicas de Donetsk y Lugansk?
Los acuerdos son una muestra de cobardía rusa. ¿Qué hizo Rusia allí? Se ciscó en la revolución en Donbás, la estropeó. Rusia apartó a los líderes independientes. Quienes no fueron expulsados para crear las condiciones fueron asesinados. Rusia hizo de la República Popular de Lugansk y de la República Popular de Donetsk pequeñas moscovias. Llevó allí fuerzas especiales, oficiales y asesores rusos y ahí, por así decir, se terminó la revolución, porque cuando comenzó a llegar la ayuda entendieron que iban a convertirse en Estados satélite, vasallos de Rusia. Eso es muy grave.
¿Considera que Alexander Zajárchenko e Ígor Plotinski están al servicio de Rusia?
Completamente. Actualmente, esos gobiernos viven bajo la égida de Moscú y hacen lo que les dice Moscú. Por supuesto, sus habitantes no pueden regresar a Ucrania. Luego está el deseo de volver a integrarse en Rusia. Y entre ambos media un abismo.
¿Cree que el conflicto podría extenderse a otras zonas de Ucrania?
Járkov no consiguió unirse a partir del momento en que Kiev consiguió enviar allí a sus nacionalistas. Ahí se acabó la revolución. Yo viví en Járkov muchos años, es una gran ciudad, muy intelectual, con cerca de dos millones de habitantes, la segunda mayor ciudad de Ucrania después de Kiev. No es en absoluto ucraniana. En mi época uno podía recorrer la ciudad durante todo el día y no oír ni una frase en ucraniano. No es una ciudad ucraniana, nunca lo fue.
"Después de 1991, después de Gorbachov y Yeltsin, Europa interpretó el papel de conquistador de Rusia y Rusia lo aceptó"
Se organizó una iniciativa para proclamar una República Popular de Járkov.
Era una iniciativa partisana, clandestina. No reunía a una cantidad suficiente de gente. Todo lo que podían hacer era intentar poner las cosas en marcha.
¿Cómo ve el conflicto entre Europa y Rusia? ¿Cómo cree que podría resolverse?
Después de 1991, después de Gorbachov y Yeltsin, Europa interpretó el papel de conquistador de Rusia y Rusia lo aceptó. Cuando había que elevar la señal de alarma en algunas decisiones de la ONU u otras cosas, contra la decisión de bombardear Yugoslavia o Irak, Rusia no hizo nada. Estaba dominada por los liberales y el enorme impacto mental de Europa y EEUU. Por eso Europa quiere que volvamos a la situación en la que Rusia vivió desde 1991 hasta 2014, hasta Crimea. En 2014 se produjo un giro radical. Nuestra nación, nuestra gente, siempre estuvo a favor de una Rusia fuerte. Al final tomó las riendas y recuperó Crimea. Eso no le gustó a Europa. ¿Qué piensan que van a hacernos las sanciones? Los rusos son muy obstinados y cuando empiezan a dictarles las cosas se rebelan. Tengo entendido que los españoles también son así. Y nuestros gobernantes entendieron que esa política patriótica, que esa política nacional, que prima los intereses nacionales, le comporta popularidad.

¿Las sanciones no funcionarán?
[Ríe] Creo que nada funcionará. El ruso es un pueblo muy orgulloso. Históricamente mostramos nuestro orgullo al no entregar a Leningrado. Nosotros no tenemos pretensiones hacia otros países, ni siquiera los bálticos. Pero tenemos a rusos que, equívoca y criminalmente, abandonamos más allá de nuestras fronteras en el 91. Allí viven mal, se quejan. Pero no todos pueden salir de allí.
"¿Qué piensan que van a hacernos las sanciones? Los rusos son muy obstinados y cuando empiezan a dictarles las cosas, se rebelan"
¿Y cómo pretendería unificar ese mundo ruso?
Realizando un referendo, como en Crimea. Ése es el camino correcto. El referendo es una muestra de la voluntad popular. Se encuentra hasta en la ONU. La población de un territorio, una nación, tiene el derecho a escoger su gobierno. En 1991 la URSS se dividió en fronteras administrativas. De hecho, fue prácticamente un acomodo con los pueblos y grupos nacionales. Fuera de nuestras fronteras se quedaron seis millones de rusos en Kazajistán y 12 millones de rusos en Ucrania. En Kazajistán, por ejemplo, se encuentra Uralsk, una vieja ciudad fundada por los cosacos de Yaik. Allí fue donde arrancó en 1773 la insurrección de Pugachev. ¿Ha oído hablar de Pugachev, verdad? Es una vieja ciudad rusa. ¿Por qué se encuentra ahora en Kazajistán? Todas las ciudades que bordean la frontera en Kazajistán son ciudades rusas. Siguen viviendo rusos allí. No nos hace falta Alma Atá. Pero que nos devuelvan nuestras ciudades, donde siempre vivimos. Los kazajos nunca tuvieron ciudades, eran un pueblo de nómadas. Ni siquiera son mayoría. De los 17 millones de habitantes de Kazajistán, si uno tiene en cuenta el resto de nacionalidades que aún viven allí, los kazajos probablemente sean la mitad.
Querría preguntarle por los partidos europeos que piden normalizar relaciones con Rusia...
No soy miembro del Gobierno y no puedo responderle. ¿Que quieren buenas relaciones con Rusia? Estupendo. Fantástico. Es una cosa con futuro. Pero yo estoy por esa idea que ya defendí en un vídeo hace veinte años, que se encuentra en un vídeo y en varios artículos. Recientemente desenterraron un vídeo de 1992 en el que digo qué hacer con nuestros conciudadanos rusos: tomar Crimea, tomar Donbás. Y ahora la gente lo ve con los ojos como platos. Pero nuestro partido no tenía entonces capital político. Y ésa era nuestra percepción. Entonces ya lo recomendábamos, teníamos nuestro programa de partido, en el 94, donde escribíamos todo lo que hace ahora Rusia, como la amistad con China. Todo eso ya lo escribíamos en el 93.
"El referendo es una muestra de la voluntad popular que se encuentra hasta en la ONU. La población de un territorio, una nación, tiene el derecho a escoger su gobierno"
Tuvo relaciones con el Frente Nacional francés...
Conocí a los Le Pen cuando viví allá, y más tarde aquí, en los noventa, con Zhirinovski. Pero tampoco demasiado. Me interesó, ahí vi algo con futuro. La burguesía francesa no es revolucionaria. Ellos fueron los primeros en llamar la atención sobre el problema de la migración, y mire cómo ha crecido este problema ahora. Pienso que este tema tiene muchas perspectivas políticas.

Hay quien dice que Le Pen tiene posibilidades de ganar las elecciones presidenciales...
Puede ser. Pero está Sarkozy, que es un político astuto y sabe ver estas cuestiones y moverse en consecuencia. Y el establishment político podría actuar para que Le Pen no consiga la presidencia.
"En los Le Pen vi algo con futuro. La burguesía francesa no es revolucionaria y ellos fueron los primeros en llamar la atención sobre el problema de la migración"
¿Y otros partidos de ultraderecha en Europa?
Mire, existe una vieja frase del zar Alejandro III, quien dijo “Rusia sólo tiene dos aliados, su ejército y su flota”. Nosotros no esperamos ayuda de nadie. ¿De quién? Un gobierno tan grande como el nuestro necesita su propia defensa. Si quieren... Es importante que ganemos nuestro conflicto interno contra los liberales, que Putin se decida contra ellos. En política yo me considero un hawk (halcón), ya lo sabe.