HISTORIA DE UN GRANUJA




Los judíos en la URSS, las instituciones psiquiátricas, la juventud, las vanguardias artísticas, la mafia, el aparato del PCUS... desfilan por esta novela que nos presenta una visión insólita de la Unión Soviética durante los años que siguieron a la destitución de Jruschov.

En su peculiar estilo desenfadado, ácido e irónico —como en su anterior entrega, Historia de un servidor, sobre su etapa neoyorquina—, Edward Limónov nos relata el proceso de transformación que condujo al joven proletario Edward Savenko desde el taller de fundición de la fábrica La hoz y el martillo hasta la alcoba de Anna Rubinshtein, su particular Madame Récamier, a cuyo lado se convirtió en el poeta Limónov, pasando a engrosar la variopinta patulea de parásitos que componían la bohemia de Járkov en la Ucrania soviética.

1

«Pío-pío-pío». Tres veces silba el pájaro. El joven Limónov suspira y abre los ojos a regañadientes. El sol, de un color amarillento como el de la margarina derretida, penetra a través de la ventana que da a la plaza Tevélev e inunda la estrecha habitación. Como todas las mañanas, los murales de sus amigos pintores que cubren las paredes alegran su ánimo. Se tranquiliza y vuelve a cerrar los ojos.

«Pío-pío-pío». Vuelve a oírse el silbido del pájaro seguido de un contenido y malhumorado «iEd!». El joven aparta la manta, se alza, abre la ventana y mira hacia abajo. Bajo la ventana, junto al seto que rodea el parquecillo, está su amigo Guénochka el Magnífico mirando hacia arriba y vestido con un traje azul. «¿Todavia estás durmiendo, hijo de puta? iBaja!» Detrás del Magnífico, sentados en la hierba, un grupo de gitanos está desayunando sandía con pan, con sus pintorescas pañoletas extendidas en el suelo a manera de manteles. «iBaja, hombre, mira qué buen día hace!» añade, sumándose a Guénochka, una gitana joven que hace señas con la mano al muchacho de la ventana indicándole que baje.

El joven les pide que se callen colocándose el dedo índice sobre los labios, señala con un gesto las ventanas vecinas, se inclina y murmura: «iYa voy!» Cierra la ventana, se acerca con cuidado a la puerta de doble hoja que da a la habitación contigua y escucha... Le llega como un frufrú y unos cuantos suspiros acompañados del olor a tabaco que se escapa por debajo de la puerta. Seguro que su suegra está en su habitual pose matinal: sentada frente al espejo con sus blancos cabellos sueltos sobre los hombros y fumándose un cigarrillo. Parece que Tsilia Yákovlevna no ha oído las pocas palabras intercambiadas entre su yerno y su peor enemigo, Guenadi el Magnífico, por lo que el joven sabe que ahora tiene que actuar con rapidez y resolución.

De la parte baja de la librería transformada en armario el joven saca un traje de color cacao a rayas doradas del que se siente orgulloso y se viste a toda prisa. Junto a la cabecera de la cama hay una mesa sobre la que se encuentran desparramados lápices, bolígrafos, papeles, una botella de vino a medio terminar y un cuaderno abierto. El joven mira con pena la poesía inacabada, cierra el cuaderno, levanta la tapa de la mesa, saca de su interior unos cuantos billetes de cinco rublos, mete el cuaderno y vuelve a cerrar la tapa. La poesía puede esperar hasta la tarde. Con los zapatos en la mano abre con sumo cuidado la puerta del pasillo. A tientas, sin encender la luz, pasa junto a la puerta de Anísimova y, todavía con más cuidado, mete la llave en la cerradura de la puerta que lo llevará fuera, a la libertad...

—Edward, ¿adónde va usted?

A pesar de todas las precauciones Tsilia Yákovlevna ha oído el sonido de la llave, o simplemente ha intuido la escapada de su yerno, ha salido de su habitación, ha encendido la luz y ha adoptado su pose habitual número dos: una mano en la cadera y la otra con un cigarrillo humeando cerca de la boca. Su blanca y abundante melena está suelta y le llega hasta la cintura. Con su rostro de acusados rasgos hecho una furia se vuelve hacia el inútil de su yerno, ese yerno ruso casado con su hija menor:


—¿Otra vez ha quedado usted con Guena? Lo sé, no me lo niegue. No olvide usted que ha prometido terminar los pantalones de Tsintsíper y si queda con Guena ya no hará nada en todo el día...

Tsilia Yákovlevna Rubinshtein es una mujer educada y le resulta violento decir al joven ruso con quien vive su hija que si se va con Guena terminará otra vez borracho como una cuba y que lo más probable es que, como sucedió la última vez, sus amigos tengan que traerlo a cuestas hasta casa.

—¡Qué va, Tsilia Yákovlevna! Voy por los hilos... Enseguida vuelvo... —miente el poeta de pelo corto y cara redonda mientras deja los zapatos en el suelo, introduce los pies y sale a escape por la puerta del largo corredor cuyos lados están ocupados por mesas de cocina y fogones eléctricos o de queroseno. Aparte, separado por un tabique, hay un cuarto con cocina y baño, privilegio exclusivo de tres familias; para los restantes inquilinos del viejo edificio número 19 de la plaza Tevélev, el corredor sirve de cocina, y el baño es común. Tras bordear las hileras de mesas y respirar una docena de olores de futuros almuerzos, el poeta llega al otro extremo del corredor y salta de tres en tres los peldaños de la escalera que lo conduce a la calle.

—iNo se olvide de Tsintsíper! —llega hasta él el último grito desesperado de Tsilia Yákovlevna. El poeta se sonríe. iVaya un nombrecito! iTsin-tsí-per! iEl diablo sabrá de dónde viene ese nombre! iDos «tsi» seguidos y, para colmo, ese indecente* «per»!  [• N.T. Per, de perdet, pedorrear.]

Guénochka, con una maleta en la mano, está esperando al poeta en la calle Bursatski.


—¿Cuánto dinero llevas? —pregunta el Magnífico a guisa de saludo.

—Quince.

—Date prisa o, si no, perderé la vez.

Guenadi y el poeta bajan apresuradamente por la calle Bursatski y al llegar a la primera esquina tuercen a la izquierda en dirección a la casa de empeño.

Pesadas sombras azules cubren la calle. El sol parece pintado en el cielo con espesa pintura amarilla al óleo. Se puede percibir el mes de agosto en Járkov sin levantar los ojos del asfalto.
Unas cuantas decenas de metros antes de llegar al macizo edificio que parece una fortaleza, un penetrante olor a naftalina envuelve a los dos amigos. Desde hace cien años el olor a naftalina ha ido impregnando todos los edificios de alrededor, y da la impresión de que hasta las viejas y blancas acacias de este tramo de la calle huelen también a naftalina. Los dos amigos suben apresuradamente los desgastados peldaños de la escalera y entran en la gran sala de elevados techos, fría como el interior de un templo. Se abren paso entre los viejecitos y se colocan en una de las filas formadas frente a las ventanillas enrejadas. Los ancianos miran sorprendidos a los jóvenes. No debe de ser muy corriente ver a gente joven en la casa de empeño de Járkov. Sin embargo, el joven poeta ya ha estado en ella con Guénochka unas diez veces.

—¿Qué traes? —pregunta el poeta a su amigo.

—Los impermeables de nailon de mis padres, un traje de mi padre y dos relojes de oro —responde Guénochka sonriendo. Una sonrisa muy particular: seca y feroz a la vez.

—i Menuda bronca le espera, Guenadi Serguéievich!

—Ése no es asunto suyo, Edward Veniamínovich —contesta Guénochka, pero acto seguido reflexiona y considera que su amigo no se merece una respuesta tan seca—. Se han ido de veraneo todo el mes y no me han dejado más que doscientos rublos. Ya les advertí que no me llegaría; cuando vuelvan tendrán que pagar la injusticia cometida con su único hijo.

Guénochka empeña con frecuencia sus propias cosas o las de sus padres. Esta manera de conseguir dinero la había descubierto antes de conocer al poeta Edward. Cada vez que Guénochka empeña algo, su padre lo desempeña. Serguéi Serguéievich Goncharenko quiere mucho a su bien parecido, esbelto y apuesto hijo de ojos azules, pero le preocupa su indiferencia hacia cualquier tipo de actividades que no sean la búsqueda de aventuras o sus correrías por bares y restaurantes, y más ahora que Guenadi ya tiene veintidós años. Lo quiere tanto que siempre lo perdona cuando empeña algo o, incluso, cuando hace travesuras peores como, por ejemplo, su fracasado matrimonio. Es el papá, y no Guénochka, quien paga la pensión alimenticia a la ex mujer y a su nieto, el hijo de Guenadi. El papá Serguéi Serguéievich es el director del restaurante Kristal, el más importante de Járkov, así como del complejo hotelero y comercial que lleva el mismo nombre.
Sin molestarse ni siquiera en sacar las cosas de la maleta, Guénochka la mete por debajo de los barrotes y taconea impaciente sobre las baldosas del suelo. Como en la casa de empeño conocen de sobra a Goncharenko hijo, la transacción no lleva mucho tiempo y, a los diez minutos, los dos amigos están ya en la calle envueltos por el olor a acacias y naftalina. Guena, satisfecho, guarda en su billetera de cuero negro los sesenta rublos que le han pagado y el recibo, aunque este último movimiento lo hace acompañado de un gesto de repugnancia.

—Bueno, ¿adónde vamos?

2



Saltan la tapia de piedra que separa el parque público Tarás Grigórievich Shevchenko del parque zoológico de Járkov, En realidad, podían haber comprado las entradas, que no cuestan más que un rublo y veinte céntimos, pero para ellos era un asunto de honor entrar gratis en un territorio que consideraban suyo. El parque zoológico es el lugar donde suelen quedar para pasar el rato Ed, Guenka y los restantes «SS», un grupo desmandado de jóvenes, más o menos de la misma edad,
 reunido en torno a Guénochka el Magnífico: el pintor Vagrich Bajchanián, Poi Schemiétov, alias el Francés, Viktorushka, alias Fritz, y Fima, alias Sóbak. Cada uno de los miembros «SS» se distingue por algo singular. El grupo «SS» no puede, en ningún caso, ser considerado como una pandilla corriente de jóvenes.

En Járkov el sol de agosto es sofocante, pero los jóvenes van de traje, siguiendo el estilo dandi introducido por Guenadi, imitado con entusiasmo por Ed, el poeta, desde que dejó su trabajo de obrero en una fundición. Como de costumbre, saltan por encima de la tapia, cuyo borde superior está cubierto con erizados trozos de vidrio, y aterrizan en medio de la jungla del parque zoológico, entre malas hierbas, bardanas, avellanos y toda la exuberante vegetación propia del mes de agosto; bajan por uno de los senderos que solo ellos conocen, pasan junto al viejo roble que crece al fondo del barranco y remontan por la otra vertiente, ya cerca del merendero. Sus viejos muros, antaño pintados de rojo pero desteñidos con el paso del tiempo hasta quedarse de un color pardo amarillento, se alzan frente a ellos ofreciéndoles su hospitalidad. Llevan los zapatos totalmente cubiertos del polen de las ucranias hierbas polvorientas que durante el mes de agosto se dedican a fecundar penosamente las poco delicadas hierbas del sexo opuesto. Guenadi ha traído un paquete con unas cuantas botellas de vodca: en el merendero está prohibido vender bebidas alcohólicas. Ed camina detrás enjugándose el sudor con un pañuelo. Las nubes de mosquitos se abaten sobre sus presas tratando de extraerles el máximo de sangre. Guena y Ed rechazan sus ataques moviendo enérgicamente los cigarrillos encendidos. Bañados en sudor pero imperturbables, llegan arriba y siguen caminando por el estrecho sendero bordeado de flores que conduce hasta el merendero. A manera de bienvenida, desde la otra punta del zoológico les llega el rugido de un tigre.

—Julebars —afirma el poeta.

—Sultán —replica Guenka.

Doña Dusia está sola en la terraza colocando las sillas. Es una mujer fuerte de rasgos ordinarios pero hermosos. Aunque no tiene nada más que treinta años, todos la llaman doña Dusia.

—iMira quién viene por aquí! ¡Guenka! —exclama sonriendo.

¿Cómo no va a estar contenta? Guenka siempre le deja buenas propinas. Ed está convencido de que gana más con las propinas de Guenka que en una semana sirviendo tortillas a la francesa, salchichas con guisantes y pollo de Kíevo Tabaká a los visitantes del zoo.


—Dusia, ¿querría poner esto en la nevera, por favor? —Guenka habla como su padre, antiguo coronel del KGB. trata a todo el mundo de usted y no blasfema nunca, a diferencia de los restantes amigotes de Ed, que no paran nunca de soltar tacos.

—Dusia, ¿conoce usted ya a Edward Limónov?

—Guenadi mira a Ed con ironía.

—Tu amigo ha estado aquí ya varias veces, Guénochka...

—Sí, pero ahora ha cambiado de nombre. Recuerde: Edward Limónov...

El poeta no había cambiado de nombre, pero un día los «SS» y algunos otros —reunidos en la habitación de Anna y Ed— habían estado figurándose que eran poetas y pintores simbolistas que vivían en Járkov a comienzos de siglo, y Vagrich Bajchanián había propuesto que todos se inventasen un nombre. Lionka Ivanov se hacía llamar Odeiálov, y Mélejov, Bujankin. En cuanto a Ed, Bajchanián propuso llamarlo Limónov. Al día siguiente Bajchanián lo presentó a uno de sus amigos llamándolo Limónov. A Guenka le gustó el nuevo nombre de Ed, y la mayoría de los decadentes que frecuentaban el Automat comenzaron a llamarlo Limónov. Además, sin que supiera muy bien explicarse por qué, su nuevo nombre le agradaba. Su verdadero apellido, Sávenko, un apellido ucranio muy corriente, siempre lo había agobiado.

Los dos amigos se instalan en la terraza de forma que pueden contemplar los patos y los cisnes que nadan en el estanque. El merendero es seguramente el restaurante más pintoresco de Járkov, y por esta razón Guenka lo había elegido como su cuartel general. Del estanque les llega un ligero olor a moho. Dos jardineros arrastran indolentemente una manguera y, con la misma indolencia, se ponen a regar las pesadas flores.

—Bueno, ¿qué vamos a tomar con el vodca, camarada Limónov? —pregunta Guenka y acto seguido se quita la chaqueta, la coloca en el respaldo de la silla, se arremanga la impecable camisa blanca y afloja el nudo de la corbata.

—¿Pollo? —el poeta duda, como dejando la decisión a Guenadi, más experimentado que él en estas lides mundanas.

—Dusia, ¿qué tiene hoy para comer? —pregunta Guenadi a doña Dusia, que acaba de hacer su aparición en la terraza.

—Pero, Guénochka... Es muy temprano todavía... —Dusia frunce el ceño—. Si ni siquiera ha llegado aún el cocinero, ¿no ve que no abrimos hasta las doce? Ahora podría servirles algo ligero o, si quieren, huevos fritos con salchichón. Cuando llegue el cocinero puede hacerles croquetas de Kíev   —de repente un pavo real lanza un largo y desesperado grito que alerta a todo el zoológico: de todas partes le responden gritos, bramidos y aullidos.

—Bueno, Ed, ¿tomamos unos huevos fritos con salchichón?

—Vale.

—Dusia, prepárenos entonces unos huevos con salchichón. Seis huevos para cada uno. Con tocino, como a mí me gustan, y también ensalada con tomate y pepino...

—¿Quieren también pepinillos?

—SÍ, Dusia, ponlos también, y un par de botellas de gaseosa fresca.

—¿Les pongo el vodca en una jarra? —Dusia consulta con la mirada a Guenadi.

—No, gracias. Se calentará. Pónganos una copa a cada uno y vuelva a dejar la botella en la nevera, por favor.

—Maravilloso, ¿eh, Ed?

Guena mira hacia el estanque satisfecho. Tras el estanque se divisa la pajarera con los pavos reales. Más lejos se distingue la mancha oscura de un elefante. Una ráfaga repentina de aire trae un olor nauseabundo y almizclado a estiércol y animales salvajes.

—iMaravilloso!

El hermoso rostro de Guénochka expresa una tranquila admiración. Esto es precisamente lo que le pide a la vida: un bello paisaje, vodca bien frío y poder charlar con un amigo. Para Guenadi hasta las mujeres quedan en un segundo plano. Hace ya un año que en su vida apareció la bella Nonna, a quien Guenka quiere con locura, pero ni siquiera ella ha podido apartarlo de las juergas en compañía de sus colegas del grupo «SS», de las salidas al restaurante Monte-Carlo, de deambular por las calles en compañía de su amigo Ed y del placer de dejar pasar el tiempo sin hacer nada. Ed mira plácidamente a su extraño amigo. Da la impresión de que Guenka no tiene ambiciones. Más de una vez había dicho que no quería ser ni poeta, como Motrich o Ed, ni pintor, como Bajchanián. «iPinten cuadros, escriban poemas, que yo me alegraré de sus éxitos!» —decía riendo—. Tsilia Yákovlevna consideraba que Guenadi Goncharenko era una mala compañía para Ed, ya que lo incitaba a emborracharse y a apartarse de Anna, pero todo eso no eran más que celos. Aunque también es cierto que, de vez en cuando, Ed se gasta en borracheras todo el dinero que gana confeccionando pantalones, pero también hay que comprender que no puede pasarse toda la vida bebiendo a costa de Guenka. En todo caso, los miserables billetes de diez o veinte rublos que puede gastarse no son nada al lado de las sumas derrochadas por Guenka. Además, la expresión «gastarse en borracheras» no concuerda con el estilo de Guenadi el Magnífico. La última vez que se fueron de fiesta al Monte-Carlo, un pequeño restaurante de Pesóchina frecuentado por la nomenclatura y los agentes del KGB de Járkov, Guenka alquiló tres taxis: en el primero iba él solo, en el segundo, Ed, también solo, y el tercero venía detrás, vacío, sólo para causar efecto y cerrar el cortejo. En el Monte-Carlo, donde Serguéi Serguéievich era uno de los clientes más habituales, Guenka disfrutaba del mismo rango que su padre; el personal lo conocía y mantenía siempre a su disposición un reservado. Antes de conocer a Guenka, Ed conocía la existencia de los reservados sólo por los libros. En el Monte-Carlo los pollos se pasean bajo las ventanas, usted señala el que más le gusta y se lo preparan como usted diga. La paradoja del Monte-Carlo es que en la sala grande almuerzan los camioneros. Justo al lado pasa una importante autopista. Mientras tanto, en los reservados se disfruta de la buena vida...

Doña Dusia les trae zakuska, vodca, gaseosa y una sartén para cada uno con los huevos fritos todavía chisporroteantes. Guenka mira la mesa satisfecho. Con una mano levanta la copa de vodca, mientras con la otra sostiene un vaso de gaseosa:

—¡Bueno, Ed, bebamos por este maravilloso día de agosto y por los animales de nuestro parque zoológico preferido!
—¡Bebamos! —replica Ed, y ambos beben a la par, acto seguido echan un trago de gaseosa, atacan los pepinillos y, quemándose, comienzan a engullir los huevos fritos...

—¿Así que, Ed, Tsilia Yákovlevna te echó ayer la bronca? —Guenka olvida por un momento los huevos y enciende un cigarrillo.

—iTe juro que no me acuerdo ni hostia! —responde riéndose el poeta—. Recuerdo que me bajaste del taxi y me dejaste en el portal, y que agarré el pomo de la puerta, pero ya no me acuerdo de nada más ... ¿Qué hora era? ¿Las dos de la mañana?

—¡Qué dices, las dos! ¡Como mucho, la una! Te viniste abajo muy temprano. Nosotros nos fuimos después con Fima al aeropuerto a terminar la fiesta...

—Nada de eso, no me vine abajo —contesta resentido el poeta—. La noche anterior casi no había dormido, había estado escribiendo hasta que amaneció. Y una noche sin dormir te deja baldado. iTú también vomitaste ayer!

—Bueno, sí, vomito muy a menudo —replica Guenka tranquilamente—. En eso sigo el ejemplo de los romanos, que cuando celebraban sus orgías se provocaban ellos mismos los vómitos para poder seguir comiendo y bebiendo.

—Esta mañana Tsilia Yákovlevna me ha pillado en la puerta y me ha preguntado: «¿A dónde va usted, Edward?»

—¿Y qué le ha contestado usted, Edward Veniamínovich?

—«Bajo un momento a la tienda, Tsilia Yákovlevna, a comprar hilos». Iba con los zapatos en la mano, quería escabullirme sin hacer ruido.

—¡Conque Limónov se ha ido a comprar hilos! —se ríe Guenka.

—Tsilia no me ha creído, claro está. Pero como es una mujer educada, tampoco ha osado preguntar a su yerno ruso: «¿y por qué lleva entonces usted los zapatos en la mano, so borracho, si salir a comprar hilos no tiene nada de malo?»

—Le avergüenza pillarte en una mentira. Lo que es la buena educación. Una suegra rusa habría empezado a dar gritos y te habría arrancado las mangas de la camisa a fuerza de tirar para no dejarte salir. Tienes suerte de convivir con una familia judía... ¿y Arma?

—Ayer estaba durmiendo. Recuerdo que roncaba. Lo único que dijo entreabriendo los ojos fue: «¡Otra vez te has emborrachado con Guenka! ¡Maldito alcohólico!» y volvió a dormirse. Esta mañana, cuando se ha ido, yo estaba todavía durmiendo.

—Hay que hacer un regalo a Anna —Guenka arruga un poco la frente—. O, mejor todavía, vamos al quiosco a las seis a buscarla y pasamos la tarde todos juntos en el Liux.

—Bueno —concede Limónov de mala gana.

—Dusia, por favor, sírvanos otra copa —ordena Guenka y añade dirigiéndose a Limónov—. Mira Ed, ya llegan los primeros representantes del rebaño de corderos después de haber realizado su ronda matinal por el parque.

Una familia se dirige hacia el merendero. Los dos niños, de unos diez años, llevan a pesar del calor unos pantalones de lana de color azul oscuro que arrastran por el suelo recogiendo polvo. La madre, que parece una mujer demasiado mayor para tener hijos de esa edad, va, por el contrario, con un vestido corto y estrecho que ciñe exageradamente su cuerpo obeso. Se nota que el padre es un obrero. Va vestido con unos pantalones negros y una camisa amarilla, calza unas sandalias sin calcetines y lleva una bolsa de red con algo envuelto entre periódicos rotos y mojados. Los sombríos niños son los primeros en aparecer. Tras ellos viene la madre. El padre emprende la subida cuando los demás han llegado ya a la terraza. Al verlos acercarse, Guenka se incorpora, se ajusta el nudo de la corbata y adopta un aire oficial:

—¡Camaradas, camaradas ... la entrada está prohibida! ¡El restaurante está cerrado al público! ¡Hoy celebran aquí su congreso los domadores de tigres de Bengala y solo se puede entrar con invitación!
La familia se aleja resignadamente y sin decir palabra. Ed siente compasión por el dócil rebaño de corderos:

—¿Por qué les has dicho eso? Se habrían bebido su gaseosa, habrían comido sus bocadillos y se habrían largado.

—Ya, pero son muy ruidosos. ¿Te has fijado en los niños? Eran como dos viejecitos. Imagínatelos comiendo.

—No vas a echar a todos los que vengan...

—Dusia, tenga la gentileza de poner en todas las mesas de nuestro lado carteles de «Reservado».

—¡Pero, Guénochka, nosotros no tenemos esos carteles! —se lamenta Dusia. Un grillo verde salta desde sus pies y se posa en una de las mesas—. Carteles... en un sitio como este. Si no hay ni servicios, y los clientes tienen que ir al barranco...

—En ese caso, escriba usted misma en un papel «Reservado» y ponga varios por las mesas. Lógicamente, su trabajo será recompensado.

Dusia se va a ejecutar la orden. Su obediencia se explica no sólo por los cinco o diez rublos de propina que le va a dejar Guénochka, sino porque el merendero pertenece a la red de negocios que administra Serguéi Serguéievich, el padre de Guénochka. Bien es verdad que el padre tiene estrictamente prohibido a Guenadi aprovecharse de su posición oficial con fines personales, pero el ambicioso Guenka no suele resistirse a la tentación. De pronto Ed comprende que lo que le gusta a Guenka, su verdadera ambición, es el poder.

—Guenka, ¿por qué no entras en el Partido y te conviertes en un hombre importante, secretario del Comité Regional, por ejemplo?

—¿Estás bromeando, no? Vaya mierda. No sabes lo espantosamente aburrido que puede llegar a ser para un comunista hacer carrera. Ya tengo bastante con que mi padre se haya pasado la mitad de su vida de rodillas.

Oír a Guenka maldecir es indicio de que su aversión a hacer carrera en el partido no es fingida. En realidad, todas las ideologías lo dejan indiferente. No tiene ideas políticas. Lo único que quiere es pasárselo bien. ¿Qué se gana con desgastar los fondillos de los pantalones en las poltronas del partido? Su película preferida es Los aventureros, de Alain Delon y Lino Ventura. Ésa es la vida que le gusta a Guenka: buscar tesoros, balazos, restaurantes caros, whisky, champán, velas... Ed recuerda las pupilas dilatadas de Guenka al salir del cine. Habían ido los tres juntos, Guenka, Nonna, tan guapa como siempre, y Ed. A la salida del cine se habían ido a beber, la juerga había continuado varios días hasta que los detuvieron en la pista de despegue del aeropuerto de Járkov cuando intentaban introducirse dentro de un avión de carga. ¿Qué buscaban en el avión? Misterio. La película comenzaba con una escena en la que Alain Delon volaba por debajo del Arco de Triunfo.
Ed mira conmovido a su amigo.

[Edward Limónov. Historia de un granuja. Ediciones del oriente y del mediterráneo, 1993, p. 9-23]


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