HISTORIA DE UN SERVIDOR


Historia de un servidor es uno de los primeros libros de Limónov.  Fue publicado en Francia en 1981 y, diez años después, apareció la edición española. El libro narra la contradictoria vida de un poeta ruso exiliado en Nueva York que, para sobrevivir, tiene que emplearse como mayordomo en casa de un millonario.

Del tono desenfadado y provocador de su escritura da idea el fragmento que figuraba en la contracubierta:

¡Partida de cerdos! Todos sois de la misma calaña: Gatsby, Yefímenkov, Majmúdova, Volodia, Solzhenitsin, doña Margarita, Lodízhnikof, el poeta Jomski, Rockefeller, Andy Warhol, Norman Mailer y Jackie Onassis... Y todos vuestros modistos y peluqueros de lujo, vuestros vizcondes o vuestros secretarios de partido, ya vivan en el país que se autodenomina pomposamente "líder del mundo libre" o en el que, con la misma vulgaridad, afirma tener el monopolio del "porvenir radiante de la humanidad", entre todos ellos forman una mafia sólida y despiadada, la fuerza y el capital unidos al arte y al intelecto. Y nosotros, la gente sencilla, los millones y millones de ciudadanos de a pie, sufrimos las consecuencias de sus crueles ocurrencias, de los juegos de su ingenio y su imaginación, de sus ruinosos caprichos, ya que, de vez en cuando, nos arrojan a unos contra otros en una hermosa guerra. ¡"Big brothers" de mierda!

La cubierta de esta edición es obra de Víctor M. Ramos. Incluimos a continuación algunos fragmentos del libro en traducción del ruso de Víctor Luis Gómez Salvador y Marina Lysenko.
 
Capítulo 1

Lo encontraba maravilloso, pero mi admiración tan sólo duró dos meses. El 28 de febrero de 1979 —recuerdo perfectamente el día de mi humillación—, la limusina pasó a buscarlo a primera hora de la mañana para llevarlo al aeropuerto, pues se iba a California, y minutos antes de salir me armó una ignominiosa escena de histeria. Pataleaba, corría escaleras arriba y abajo y vociferaba una y otra vez: God damn you! God damn you! Tenía el rostro congestionado y erizados los pelos de la barba. Los ojos parecían querer salírsele de las órbitas. La verdad es que ya le había oído otras veces, desde la cocina, chillar a Linda, nuestra secretaria, pero nunca antes lo había visto en tal estado con mis propios ojos.
Yo, con la espalda apoyada en el marco de la puerta del comedor, intentaba comprender de qué se me acusaba. Había enviado a limpiar sus pantalones grises, que él mismo había dejado sobre el baúl situado junto a la puerta principal de la casa. Los pantalones estaban sucios, mezclados entre la ropa que había que llevar a la tintorería. Hay que decir que el baúl era el lugar que teníamos convenido para ese fin. Pero resulta que los pantalones grises eran, precisamente, los que él usaba para viajar en avión, así que los necesitaba. El pobrecillo no tenía más pantalones que ponerse, en los armarios tan solo colgaba un centenar de trajes...
De modo que yo permanecía junto a la puerta del comedor mientras él se precipitaba escaleras arriba y abajo, repetía a voz en cuello God damn you! God damn you! y Ask! Just ask!, tiraba las cosas por el suelo y daba unos portazos tremendos. El primer God damn you! me lo gritó a la cara desde su imponente altura —el amo era mucho más alto y corpulento que yo, su servidor—, y luego siguió lanzándome maldiciones a distancia. ¿Se alejó de mí por miedo a no poder contenerse y golpearme? No sabría decirlo.
Fue entonces cuando comencé a odiarlo. Hasta me dio miedo, pero no de que me golpeara, no. Si se hubiera atrevido a hacerlo, lo habría matado, habría encontrado la manera de hacerlo, aunque hubiese tenido que correr a la cocina a buscar el cuchillo de la carne. Lo que me asustó fue el carácter malsano de su ataque de histeria, motivado, además, por algo tan insignificante. «¡Vete al cuerno! —pensé—. Vocifera cuanto quieras. Yo sé que no he cometido ninguna falta, así que despídeme si quieres. ¡Me importa tres pitos!”. Ya me imaginaba recogiendo mis cosas. Crucé el comedor camino de la cocina y bajé al sótano, cogí un refresco, me fui al rincón más apartado, repleto de muebles viejos y juguetes rotos, me senté en una silla coja y me puse a bebérmelo.
  Vi qe me teblaban las manos, y me dio rabia. ¿Por qué narices tenía yo que dejarme afectar por la histeria de alguien que no se sabía dominar? ¿A cuento de qué? Me vi alejándome con la maleta en la mano, camino de la liberación, y esa visión me infundió ánimos y hasta me conmovió.
Arriba volvían a oírse golpes. ¿Estaría buscándome?
Pues que me busque, el muy hijo de puta. Yo no salgo de aquí hasta que se haya largado. No quiero verlo, con la cara congestionada y los ojos fuera de sus órbitas. Pero ¿por qué patalea así? ¡A que resulta que tiene los pies planos! Seguro que por eso lleva esas plantillas especiales que le pongo en los zapatos para que no le salgan ampollas. Bueno, no se las pongo yo, sino el zapatero griego; yo sólo llevo el calzado a la zapatería. Además, de vez en cuando se lo lustro. En esta casa debe de tener unos treinta o cuarenta pares de zapatos. Una de mis obligaciones es precisamente limpiarle el calzado; para eso, entre otras cosas, me paga. Cuando está aquí, en Nueva York, también preparo el desayuno y el almuerzo. Para él y sus malditos businessmen. Mientras comen, siguen consultando sus papeles.
El pataleo y el estrépito no cesaban. La casa debía de tener ya unos cincuenta o sesenta años, así que no es extraño que en el sótano se oyeran perfectamente las carreras del histérico Gatsby. El gran Gatsby. Mi amo. Mi boss. Mi opresor.
El gran Gatsby, así es como yo lo llamo cuando no está delante. El multimillonario Steven Grey, presidente de no sé cuántos consejos de administración, accionista principal de un montón de empresas y gran empresario, no sabe, naturalmente, cómo lo he bautizado. Si lo supiera, seguro que le gustaría el mote. Es hombre leído, licenciado por Harvard, con una abuela escritora y un bisabuelo amigo de Walt Whitman. Las paredes de toda la casa están cubiertas de estanterías con libros. Algunas llegan hasta el techo. Míster Grey sabe quién era Gatsby, y se sentiría halagado por la comparación.
En cambio, ahora, refugiado aquí en el sótano para no tener que soportar su ataque de nervios, veo las cosas de otra manera, ¿y si el otro gran Gatsby sólo fuera una bonita fachada para engañar a las mujeres y a los amigos? Si pudiera trabajar una temporadita en su casa y observarlo desde la cocina, enseguida averiguaría la realidad.
Tras una última carrera furiosa por encima de mi cabeza, Steven Grey salió dando un portazo. Acto seguido arrancó el coche. Esperé cinco minutos para mayor seguridad, terminé el refresco y me encaminé a la cocina esforzándome por calmar mi indignación. Eran las ocho y cuarto de la mañana: todo había sucedido en quince minutos. Crucé el comedor de nuestra, perdón, su casa, tomé el ascensor hasta el cuarto piso, entré en mi dormitorio, que también le pertenecía, y empecé a recoger mis cosas. Seguía estando furioso. Unas veces para mis adentros y otras en voz alta, profería indignadas acusaciones dirigiéndome a un jurado imaginario al que trataba indistintamente de "chavales" y de "caballeros". Por un lado, proclamaba mi inocencia y, por otro, les hacía ver la desvergüenza, la histeria y el descaro de Gatsby. De repente, hasta pensé: "Ya veréis cuando vengan mis colegas soviéticos, con sus guerreras descoloridas, para vengarme de todo lo que Gatsby me ha hecho soportar. La venganza será terrible...".
Aún no había recogido nada, al contrario, había desordenado un poco más mis cosas, cuando sonó el timbre de la puerta. Volví a coger el ascensor hasta la planta baja, preguntándome quién diablos sería a esa hora tan temprana.
Resultó ser Olga. Con tanto jaleo había olvidado que era miércoles. Olga, una negra haitiana de cincuenta años, la única persona bajo mi mando, viene a la casa del millonario cuatro veces a la semana para hacer las camas (entre ellas la mía, ¡oh privilegio!), hacer la colada y planchar (en el sótano hay un office con lavadoras), limpiar los cuartos de baño y de aseo, sacar brillo a la plata, quitar el polvo y hacer cualquier otra tarea que yo, en mi calidad de mayordomo y jefe directo suyo, tenga a bien encomendarle. Pero bien pocas son las órdenes que le doy; no se me da bien ser explotador, tengo demasiados reparos.
Hace años, cuando todavía estaba Jenny, se instituyó en casa del multimillonario una rutina mañanera que todavía persiste. El primero en bajar a la cocina suelo ser yo. Levanto la persiana, pongo agua a calentar en el enorme fogón de gas, tan grande como el de un restaurante, y limpio la cafetera de los restos de café del día anterior. Hacia la mitad de ese proceso suele llegar Olga. Luego, ya pasadas las nueve, aparece Linda, la insustituible secretaria del gran Gatsby, que trabaja con él desde hace ocho años. Minutos antes o después de la llegada de Linda comienzan a resonar por toda la casa los timbrazos de nuestras cuatro líneas telefónicas.
Aquella mañana fui a Olga con mis quejas. Ella suele darme la razón; después de todo, soy su jefe. Yo ni siquiera buscaba su aprobación, tan sólo quería contar a alguien lo indignado que estaba. Olga es una buenísima mujer, honrada y trabajadora. La heredé de los tiempos de Jenny y no tengo la menor intención de sustituirla. Puso el grito en el cielo al escucharme y coincidió conmigo en que Gatsby había hecho mal. Si no quería que se limpiaran los pantalones grises, ¿para qué los había puesto encima del baúl junto con la otra ropa?
—¡Me importa un comino lo que haga o diga! Si se cree que no puedo prescindir de este empleo, está muy equivocado. No tengo más que buscarme otro trabajo, de camarero, por ejemplo. En un restaurante no le montan a uno estos cirios: trabajas tus ocho horas, y ¡a casita! —le decía yo a Olga sin dejar de caminar de un lado para otro. Ella me escuchaba inmóvil, apoyada en uno de los largos mostradores de madera que abarcan dos paredes enteras de la cocina. En eso sonó el teléfono, y cogí el auricular.
—Hola, soy Steven —dijo la voz sorda del gran Gatsby—. Llamo desde el aeropuerto. Perdona, Edward, pensándolo bien tenías razón al enviar el pantalón a la tintorería. Después de todo, estaba sobre el baúl donde ponemos siempre la ropa sucia. Es que estaba de mal humor por cuestiones mías, de negocios. El enfado no era contra ti, créeme.
No sé por qué, pero me mostré indulgente (Linda me riñó después por ello). Le contesté:
—No importa, Steven, lo comprendo. Todos tenemos nuestros problemas, es normal. Yo también tengo la culpa. Podía haber preguntado.
So long. Hasta dentro de quince días.
Good bye.
—¡Se ha disculpado! ¡Era él! —le anuncié triunfalmente a Olga—. Ha llamado desde el aeropuerto.
Olga sonrió, satisfecha de que Edward, que ya estaba dispuesto a dejar el empleo, se hubiera reconciliado con míster Grey sin que llegara la sangre al río. Era comprensible; después de todo, yo era un buen jefe para ella. Muchas veces le decía que se fuera antes de la hora, y nunca le indicaba lo que tenía que hacer. Consideraba que ella ya sabía cuál era su trabajo, y no me equivocaba. Si veía que la alfombra de la entrada, de la sala o del cuarto de estar del tercer piso estaba sucia, se apresuraba a pasar el aspirador.
Al poco llegó Linda, y le conté con preocupación lo sucedido.
—Por fin yo también me he estrenado, Linda. Esta mañana, Steven se ha puesto conmigo hecho un basilisco. ¡Era inevitable! Después de oírle gritarte tantas veces, sabía que no tardaría mucho en montarme una buena.
—Pues no esperes que vaya a disculparse siempre —me contestó Linda—. Si lo ha hecho esta vez es sólo porque eres nuevo en la casa y le da cierto reparo. Conmigo no tiene tantos miramientos, con suerte se disculpa una de cada dos veces. No debiste decirle que también era culpa tuya. Tenías que haberle dado a entender, aunque fuera con delicadeza, que sí, que la culpa era suya...
Linda se hace la valiente cuando está conmigo en la cocina, pero cuando Gatsby viene a Nueva York siempre anda inquieta y temblorosa. Tiene treinta y un años, y hace ocho que trabaja para Gatsby. La ha amaestrado y esclavizado de tal modo que estoy seguro de que Linda sigue pensando en los asuntos de su jefe aun fuera del trabajo, en su apartamento del edificio donde habita, en un barrio no demasiado bueno. Y ni siquiera en su dormitorio victoriano azul claro, mientras hace el amor con David, su sempiterno novio, o conversa con sus tres gatos, consigue olvidarse completarnente de Gatsby. Él, por su parte, no tiene ningún empacho en llamarla por teléfono a su casa y robarle también su tiempo lihre.
Linda es la mejor secretaria que se puede encontrar; de no ser así, Gatsby no la habría conservado ocho años. Los hombres de negocios, amigos y socios del jefe, que han pasado por la casa me han dicho en más de una ocasión que es rápida, segura y eficiente. Así lo proclama uno de los papeles que Linda tiene clavados con chinchetas en la pared de la entrada de su apartamento, en el que reinan la limpieza y el humo de cigarrillos: «Levanto edificios y paso por debajo de ellos. Hago descarrilar locomotoras. Atrapo las balas con los dientes y luego me las como. Con una sola mirada convierto el agua en hielo. SOY DIOS. Firmado: Linda».
Linda y sus cualidades figuran al pie de la hoja. En la parte superior, frente al nombre de Steven Grey escrito a mano, se lee la siguiente definición: «Presidente del Consejo de Administración. Alcanza de un salto el tejado de los rascacielos. Más fuerte que una locomotora. Más rápido que las balas. Camina sobre las aguas. Da instrucciones a Dios».
Hace ocho años que Steven da instrucciones a Linda. Y que le grita. En una ocasión, de pura cólera hizo pedazos la guía de teléfonos. Linda tiene que recordar y saber absolutamente todo. Steven armó un escándalo de miedo porque Linda no pudo encontrar de inmediato el número de teléfono de una chica que él había conocido en el avión un mes o mes y medio antes. «¡Un mes o mes y medio! —me decía Linda, furiosa—. Al día siguiente di con el nú­mero, y el encuentro había sido seis meses antes, ¡nada menos que en noviembre! Todo lo que Steven olvidaba, que al parecer era mucho, tenía que recordarlo Linda; el teléfono de sus amiguitas incluido. Hasta archivaba las cartas de sus queridas...

Yo lo tenía en un pedestal desde los tiempos en que solía ir a su lujosa casa en calidad de amante de Jenny. Aunque ella se quejaba con frecuencia de sus ataques de nervios, yo suponía que exageraba. Y es que estaba enamorado de él, me parecía que era de verdad el gran Gatsby: lleno de sentido práctico, trabajador hasta el agotamiento, símbolo auténtico de la actividad y la eficiencia norteamericanas. Me dejaba boquiabierto verlo tomar el avión casi diariamente para ir de ciudad en ciudad, de un extremo a otro de los Estados Unidos o de un país a otro. Hasta me maravillaba que, para trasladarse a Europa, tomara únicamente el fabuloso Concorde. Es más, me parecía que solo un avión como ese estaba a la altura de un hombre tan moderno como él.
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Todas las empresas, que presidía eran, para mí, el colmo de la elegancia. Solo se ocupaba de negocios de mucha clase. Los costosísimos automóviles modernos que producía su fábrica me parecían coches del futuro. “Así serán los coches del siglo XXI”, pensaba. Los ordenadores que fabricaba otra de sus empresas competían con los mejores del mundo. La empresa de Gatsby mantenía con los japoneses una verdadera guerra por una minúscula piececita de sus ordenadores (piececita que contenía nada menos que 60.000 chips de información). Una guerra larvada, incluidos actos de espionaje y robos de secretos industriales. Igualito que en las películas de James Bond.
El propio jefe, con sus severos trajes ingleses de lana, sus camisas —sólo sencillas en apariencia, siempre de la marca Astor—, sus zapatos de escaso tacón, su bien cuidada barba, con gafas, arrogante, enérgico y predispuesto a reírse a carcajadas, invariable objeto de admiración de todos los que lo trataban —amigos, mujeres y socios—, era para mí una especie de héroe cinematográfico, un joven millonario símbolo del alma y las esperanzas de su país. Sólo veía de él la fachada, pero, eso sí, una fachada deslumbrante.
También hablaba a su favor la prueba de confianza que me había dado al contratarme, a sabiendas de que era poeta y escritor, y que no tenía nada de mayordomo. Al hacerlo se privaba de algunas comodidades: yo carecía de experiencia y, por lo tanto, mis servicios no podían ser perfectos. Así que deduje que Steven Grey era algo así como un protector de las artes. De hecho, hasta había producido una película de “arte y ensayo” con actores europeos, “una verdadera obrita maestra”. Pero el arte no da dinero, y Steven Grey había perdido en el negocio cerca de dos millones de dólares. Yo lo respetaba enormemente por ello.
Una prueba de lo bien que me caía es que, en aquella época, solía hacer con él una excepción en mi propia teoría de la lucha de clases, penosamente elaborada durante los primeros y difíciles años de mi azarosa vida en los Estados Unidos. No, él no era uno de esos capitalist pigs, pensaba yo. A un hombre que había tirado por la borda casi dos millones para rodar una película intelectual, y que luego se reía al hablar de la pérdida de esa suma, sencillamente no se le podía incluir entre la multitud de cerdos sin rostro. Steven Grey merecía que se le distinguiese de esa masa.
Yo encontraba en Gatsby muchos rasgos atractivos. Por ejemplo, Steven había hecho un papel brillante cuando su amigo Anthony había sufrido una desgracia en Kenia; es más, prácticamente le había salvado la vida enviándole un avión. Debido a un error cometido por los médicos cuando le recetaron un nuevo medicamento, insuficientemente experimentado, Anthony había perdido la cabeza y se había arrojado por la ventana de su hotel. Se encontraba en coma cuando lo recogió el avión enviado por Gatsby para llevarlo a una de las mejores clínicas de los Estados Unidos, donde tuvieron que someterlo a varias operaciones quirúrgicas. Anthony se quedó inválido, pero sobrevivió. Se quedó paralítico de las dos piernas y de una mano, de modo que ha tenido que abandonar su querida profesión, la arquitectura, que es lo que le había llevado a Kenia, pero está vivo. Y todo ello gracias a Steven Grey. Además, hace ya muchos años que Steven le paga el estudio donde vive, la manutención y hasta un sirviente, pues el pobre Anthony no puede cocinar ni limpiar su apartamento. Yo, que preveo abundantes desgracias y percances en mi vida futura, quisiera tener un amigo como Steven Grey. Esa historia tenía necesariamente que emocionar a alguien como yo, que a lo largo de su existencia no ha cesado de buscar amigos, y que ha encontrado tan pocos. Aun después de que la imagen fascinante de Gatsby perdiera para mí gran parte de su atractivo, la historia de Anthony siguió impresionándome.
A propósito de su generosidad, hay que decir que la película de la que antes hablé Steven la financió también por motivos de amistad. En uno de nuestros escasos momentos de intimidad, cuando se sentaba conmigo en la cocina para charlar durante media hora —y, para Gatsby, perder media hora era como perder un mes entero para el hombre común y corriente—, el amo me contó cómo se había convertido en mecenas del séptimo arte.
—Durante tres años, Edward, estuve jugando al ajedrez con un director de cine, que, por cierto, jugaba muy bien. Y siempre se quejaba de que quería rodar una película que nadie estaba dispuesto a financiar porque se trataba de un tema demasiado serio, así que el pobre hombre se veía obligado a rodar vulgaridades comerciales que no le interesaban en absoluto. Al cabo de tres años de escuchar sus quejas, terminé tan harto que decidí darle el dinero para la película con tal de que dejara de darme la tabarra.
Míster Grey rió con satisfacción. No estoy muy seguro de que su relato se correspondiera con la realidad; tal vez no fuera sino una versión idealizada que él mismo había terminado creyéndose. Pero la película se había hecho, de eso no cabía la menor duda. A continuación, Gatsby entró en complicadas digresiones financieras sobre cómo había perdido los casi dos millones de dólares. Según él, la culpa la había tenido el descontrol en la venta de las entradas en la mayoría de los cines.
—En los cines donde pusimos interventores para que controlaran el número de espectadores que entraban en la sala y lo comparasen con el dinero recaudado, no perdimos dinero —aseveró Gatsby.
No sé si el jefe estaba en lo cierto, ya que soy poco ducho en estas cosas. Por lo poco que sé de economía, estoy convencido de que la mejor inversión que se puede hacer es en la revolución. Es una inversión arriesgada, eso sí, pero, si tienes suerte, lo ganas todo. Sentí ganas de decirle: «Oiga, ¿y no le gustaría invertir sus millones en la revolución?».
Así pasaban los días. Aunque a partir de la bronca del mes de febrero todavía hubo bastantes momentos en que renació mi admiración por él, lo cierto es que la sombra de lo sucedido nunca desapareció y que, al írsele añadiendo otras sombras semejantes, la imagen de Gatsby, el superhombre, intelectual liberal y gran amigo de los sirvientes, los animales y los niños —hasta él mismo debe creérselo—, acabó desfigurándose por completo. Mi amiga Jenny le llamaba “liberal de limusina”, y durante un tiempo ese apodo me pareció de lo más apropiado. De modo que vivo en el barrio más lujoso de Manhattan, a orillas del East River, en una casa valorada en un millón y medio de dólares, y estoy al servicio de un liberal de limusina. O sea, que soy un servidor corrompido de la burguesía internacional, como a veces yo mismo lo pienso, medio en serio, medio en broma.
Y es que es verdad que estoy corrompido. Bueno, digamos que lo estoy en este momento, pues es posible que mañana tenga que abandonar esta lujosa residencia —una posibilidad que siempre tengo presente— y lanzarme de nuevo al mundo, a luchar por la supervivencia. Pero la realidad es que, hoy por hoy, vivo como pocos lo hacen, en esta ciudad o en cualquier parte del planeta.
En primer lugar, como ya dije, soy el único que reside permanentemente en la casa del millonario. Míster Grey vive con su familia en Connecticut, en una gran finca en el campo. Su mujer —la rubia Nancy— y sus cuatro hijos, la servidumbre y los ocho automóviles están todos allá. También tienen una huerta, caballos, flores, una piscina y varios agricultores, que arriendan una parte de sus tierras.
Las paredes de su casa neoyorquina están cubiertas de paisajes de Connecticut, pintados al óleo, como si fueran fotografías, por un tal Harris, Jacob Harris creo que se llama. Los marcos de los cuadros son de madera antigua, ennegrecida y sin pintar. A mí, esos paisajes me recuerdan la Rusia que abandoné hace cinco años: los mismos arroyuelos y caminos campestres, los mismos abetos y los mismos campos nevados. Por encargo de Gatsby, Harris pintó en ellos innumerables cercas de estacas, setos, árboles otoñales y granjas con paredes de ladrillo rojo.
Nancy y su marido —los fines de semana, cuando no está volando por Asia o por Europa— llevan allí una vida sana, bebiendo buena leche de las vacas que se ve pastar apaciblemente en los paisajes de Harris. Y así también es de suponer que crecerán sus hijos, saludables y vigorosos, como auténticos norteamericanos.

En cambio yo, Edward Limónov, vivo en la residencia neoyorquina. Las ventanas de mi dormitorio, que está en el tercer piso, dan al jardín y al río. Por las mañanas oigo cantar en el jardín a los pajarillos, y a todas horas del día y de la noche discurren barcazas, vapores y remolcadores por el río. En mi cuarto de baño hay un tragaluz en el techo. Todos los lunes, Linda me da dinero para que compre comida, una de mis obligaciones, y los jueves me paga el sueldo de la semana. Una parte del sótano está ocupada por la bodega, que es el orgullo del amo, con sus miles de botellas de vino francés añejo y de licores de todas clases. Las cinco plantas de la casa están amuebladas a todo confort, con abundantes y mullidas camas, divanes, libros y cuadros. Todo eso estaría muy bien, sería un paraíso donde el sol resplandecería entre las hojas de hiedra ... Sí, todo sería perfecto si, de vez en cuando, la casa no recibiera la visita de su verdadero dueño.

Durante los primeros meses que siguieron a mi llegada, Steven venía por la casa con poca frecuencia: solía presentarse en taxi una vez a la semana, hacia las seis o las siete de la tarde, procedente del aeropuerto. Casi siempre llegaba de mal humor, por las razones que fueran, y se le notaba el enfado en que no conseguía encontrar el dinero para pagar al taxista, se aturullaba, tosía, sacaba una y otra vez la pipa del bolsillo y la volvía a guardar, corría de acá para allá agitado y nervioso. El nerviosismo se transmitía poco a poco a toda la casa, y yo, que hasta entonces sólo había pertenecido a mí mismo o a mis obligaciones, de repente pasaba a pertenecerle a él. Su mal humor se comunicaba a la casa, a mí y, sobre todo, a Linda, si es que Steven llegaba durante sus horas de trabajo. Linda trabaja en un rincón del segundo piso, por el que pasa todo el mundo, desde las nueve de la mañana hasta las cinco de la tarde.
Yo solía esperarlo. Me sentaba en la cocina y oteaba la calle desde la ventana. En cuanto lo veía llegar en el taxi, corría a abrirle la puerta a fin de que no tuviera que buscar la llave y se irritara aún más por esa razón; o sea, que yo también tenía mis motivos egoístas para mostrarme tan solícito. Pasado el trajín de la llegada, Steven, con mi ayuda o sin ella, metía en casa el equipaje —una o más maletas y el inevitable montón de periódicos arrugados que había ojeado en el taxi—, corría a su lujoso despacho de madera y cuero del primer piso y se agarraba al teléfono. Solía hablar entre treinta y sesenta minutos, pero a veces las llamadas se prolongaban hasta dos y tres horas ...
Al terminar, bajaba a la cocina a coger la última edición del New York Post, no sin antes preguntarme, con una cortesía un tanto fuera de lugar, si ya lo había leído y se lo podía llevar. Lo hubiera leído o no, siempre le daba su periódico. Habría tenido su gracia ver cómo reaccionaba si por una vez me hubiera negado a dárselo. Yo le preguntaba si quería beber algo. Por “algo” se sobreentendía su bebida de siempre, un vaso de Glenlivet con mucho hielo y soda. Si estaba de buen humor, él mismo se preparaba la bebida. Yo siempre dejaba la botella bien a la vista, en la mesa, para que no empezara a buscar su scotch en el armario de la cocina que hacía las veces de mueble bar, se aturullara y cogiera otra vez un cabreo. Todas esas tradiciones de colocación de las botellas y recibimiento en la puerta se establecieron hace mucho tiempo, cuando todavía estaba Jenny, como obstáculos estratégicos que cerraran el camino al mal humor de Steven. ¿Se habrá dado cuenta de que Linda, yo, todos, estamos pendientes de sus cambios de humor?
El amo, tras dar una rápida ojeada al diario, cogía el vaso y se dirigía a su dormitorio del segundo piso, llenaba la ancha y profunda bañera de agua mezclada con una esencia de pino especial, de color verde, y se tendía en ella. Mientras se relajaba, la radio que había sobre su mesilla de noche siempre permanecía encendida.
Entre tanto, nosotros —la casa y yo— nos dedicábamos a esperar. Esperábamos a que se largara, desapareciera, se fuera a comer a un restaurante y, después, a donde le diera la gana. Desde hacía algún tiempo, solía regresar a casa a altas horas de la noche para follar. La casa y yo esperábamos que se marchara, digo, pues tengo la sensación de que la casa me quiere a mí, pero no a él. ¿Por qué a mí sí? Porque yo vivo en ella, la limpio y la cuido. La limpio porque, además del trabajo de housekeeper, sigo encargándome de la “limpieza a fondo”. Desde hace ya mucho tiempo, cuando Jenny aún vivía y trabajaba aquí, una vez a la semana limpio la casa de arriba abajo con el aspirador y encero los suelos. Es indudable que la casa me prefiere a mí, que la limpio, la ordeno y velo por que esté calentita y seca por dentro. El gran Gatsby, en cambio, lo único que hace es desparramar toallas, camisas, calcetines y calzoncillos sucios y trajes arrugados, meter polvo de la calle con los pies, dejarse por todas partes copas de vino y tazas de café a medio terminar... O sea, que mientras él trae el desorden y la suciedad a la casa, la descuida y la maltrata, yo la protejo de todo mal.
La casa y yo consideramos la llegada del amo como la irrupción de un extraño en nuestra intimidad, y siempre esperamos impacientemente el momento de su marcha. Durante la espera, suele presentarse su girlfriend, Polly, una mujer muy agradable pero algo ajada. Linda coincide conmigo en que Polly ejerce sobre Gatsby —nuestro barón bárbaro— una influencia benéfica y apaciguadora, y ambos rogamos al cielo para que no se peleen.
La idea de comparar a Steven con un barón bárbaro se me ocurrió poco a poco, después de prepararle muchísimos almuerzos. Comía sobre todo carne: cordero o filetes de vaca que yo encargaba por teléfono a la mejor carnicería de la ciudad, la de los hermanos Ottomanelli. A fuerza de verlo comer, un poco atontado por culpa de la carne y del vino tinto francés —del que en cada sentada caían como mínimo dos botellas—, abotagado, con la barriga desbordándosele por encima del cinturón y el rostro barbirrojo congestionado, me vino esa comparación, que le va como anillo al dedo. Cuando terminaba su pierna de cordero, nuestro barón, gran cazador siempre rodeado de caballos y de canes, parecía salir de la Inglaterra medieval con sus botas de montar y un fuerte olor a perro, alcohol y caballerizas. Los armarios donde Gatsby guardaba sus trajes y sus nurnerosísimos pares de zapatos despedían, al igual que su propia persona, un extraño tufo a cuero mezclado con olor a perfume y tabaco Dunhill, única marca que fumaba. Como todos los esnobs —y ya habrá adivinado el lector que Steven Grey pertenecía a esa categoría—, tenía su propia marca de scotch: Glenlivet; de camisas: Astor; de calzoncillos: Jockey; y de tabaco: Dunhill. También respetaba otras reglas propias del esnobismo y la buena vida tales como usar exclusivamente calcetines de algodón adquiridos en Bloorningdale's. Allí le compraba yo también los corbatines para sus smokings y la ropa de cama de toda la familia. Ésta tenía que ser siempre de algodón, sin mezcla; en la casa, las fibras sintéticas estaban proscritas.
Cuando venía a vernos, Polly solía saludarme con alguna frase amable —“¿Cómo va tu libro, Edward?”, o algo por el estilo; las frases variaban, pero todas debían manifestar que se interesaba por mí y por mi futuro—, e inmediatamente subía en busca de Steven. Si éste ya había salido de la bañera y se hallaba vestido, bajaba a su vez por la escalera a encontrarse con ella. Entonces, yo hacía mutis por el foro, y me refugiaba en la cocina o en mi habitación, desde donde me quedaba esperando con impaciencia a que se fueran a un restaurante. Al mismo tiempo, tenía que mantenerme en guardia por si Steven me pedía que buscara urgentemente a alguien o algo dentro o fuera de la casa. Dueño como era de un pequeño imperio empresarial en el que multitud de personas trabajaban para él, jamás recordaba, por ejemplo, en qué parte de la cocina estaban las tazas o los vasos. Para encontrar las copas de vino abría de par en par, uno tras otro, todos los armarios, que eran nada menos que doce. Cuando me retiraba a mi cuarto, para que se sintiera en su propia casa y respetar su intimidad, siempre dejaba mi puerta abierta por si me necesitaba para algo.
Escenas tan violentas como la del envío de los pantalones a limpiar no han vuelto a producirse, por razones que explicaré a continuación, pero de vez en cuando la casa se sigue estremeciendo con sus arrebatos de ira, que ponen a Linda al borde del ataque de nervios y a mí me llenan de irritación. “¡Menudo blandengue! ¡Vaya una mujeruca histérica incapaz de dominarse!», me digo por lo bajinis mientras lavo los platos o quito la mesa.



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